6.3
(O) BARAVALLE, Graziella: Pegan a una mujer. Interpretación y
pulsión
“Ya desde el momento de nacer conocemos el miedo y
preferimos, dadas las circunstancias, servir que ejercer ese Poder que, como lo
demuestra la famosa historia, nunca es de nadie”
(Dr. Pasavento, Enrique
Vila-Matas)
Una de las manifestaciones más inquietantes del
malentendido estructural de la relación sexual, es el maltrato a la mujer por
parte de un hombre, y el hecho de que esta mujer no pueda liberarse de ese
vínculo.
Actualmente los medios de comunicación nos informan
que en España “el primer año de plena aplicación de la Ley contra la Violencia
de Género se salda con una víctima cada cinco días” (El País, domingo 31
de diciembre del 2006). Esto se refiere solamente a mujeres asesinadas. Son
numerosas las que presentan denuncias y algunas logran salvarse. Pero detrás de
esta cifra hay muchas mujeres que viven prácticamente toda su vida conyugal con
un maltratador.
Sabemos también cómo esta tendencia de dominio y
humillación sobre el prójimo se manifiesta en la vida en sociedad. Con el
objetivo de aclarar algunos elementos de esta situación, desde el discurso de
una mujer, voy a referirme a un fragmento de una cura de una analizante que vino
a verme para romper ese vinculo, aunque esa no fue su demanda inicial de
análisis.
Luego de unos años de análisis logra divorciarse del
marido. Después de casi treinta años de humillaciones, y de ver reducida su vida
a una servidumbre, logra oponerse a los malos tratos (no sólo estaba en análisis
sino que el momento histórico había cambiado), y la pareja se
separa.
Justamente entonces se inicia un período de
estancamiento en el análisis, con la instalación de la paciente en un malestar
continuo, regreso de algunos síntomas y repetición de sesiones en que angustiada
dice no saber qué hacer con su vida, pues carece de cualquier proyecto para el
futuro.
Sus años de casada los había pasado inmersa en
ensoñaciones y fantasías en las que rebajaba a su marido y en su decir, le
permitían soportar las humillaciones. Conscientemente, había justificado el
hecho de haber mantenido esa relación para defender a su hija, pues si se
hubiera divorciado, el padre, siendo juez, hubiera podido llevársela sin que
ella pudiera protegerla .No quería actuar como su madre, que había permitido que
su padre le pegara.
En este punto en que ella queda “libre” del otro que
la atormenta, pero también sin esas relaciones sexuales y sin sus ensoñaciones,
me pregunto cómo manejar la transferencia sin caer en la compasión y sin ponerme
tampoco en el lugar del otro maltratador, para salir de este punto de
estancamiento, en que ahora es ella la que se
atormenta.
Hasta entonces, se habían manifestado en su análisis
las transferencias espontáneas de una mujer con una analista mujer: me ponía en
el lugar de una madre que la aceptara, o de una mujer/hermana que la pudiera
comprender. Cuando yo me salía de esos lugares, necesarios, era apelando al
dispositivo, a la asociación libre, sugiriéndole que hiciera una sesión más, o
preguntándole por sus recuerdos, para relanzar las asociaciones. En su vínculo
con su marido ella se había colocado en un lugar de goce masoquista pero también
se había jugado allí, aunque violentada, su deseo de mujer, de ser amada, había
un entrelazamiento erótico a través de su Edipo y de sus fantasmas, lo que por
otro lado era lo que mantenía el vínculo.
Cuando este hombre desaparece de su vida , ella
queda congelada en su lugar de víctima, pero sin el lado erótico, y fijada en
ese “estoy mal, no soy nada”, en un lugar de desecho
devaluado.
En el comentario de este fragmento, pondré el acento
en el manejo de la transferencia y en el efecto de una interpretación, que a su
vez produjo un cambio del registro pulsional.
Hubo un pasaje de la pulsión oral a la pulsión anal,
manifestado por la expresión de sentimientos de agresividad, y por un sueño, lo
que permitió a la cura salir de ese tiempo de
estancamiento.