Las pasiones amorosas son todas
diferentes. Las del obsesivo no son las del histérico y las que encontramos en
los casos de psicosis son asimismo diferentes. Ellas tienen, sin embargo,
ciertos puntos en común –particularmente, el padecimiento, el sufrimiento,
incluso el estrago– que las acompaña muy a menudo antes, durante o después de
que la relación pasional se haya hecho efectiva.
¿Cómo dar cuenta de estos estragos? ¿Por
qué subrayar este punto? ¿Cómo comprender que las mujeres estén más sujetas a
eso que los hombres, si es que este es el caso
efectivamente?
He aquí las tres preguntas a las cuales
voy a intentar responder en el marco de los minutos de que
disponemos.
EL ESTRAGO INHERENTE A LA
PASIÓN
a) En el registro del
amor
Freud ya nos lo había enseñado:
disponemos sólo de una cantidad limitada de libido; lo que invertimos en el otro
implica una desinversión del yo. Además numerosas curas, numerosos ejemplos de
la literatura lo demuestran: el enamorado y, a fortiori, el apasionado no
tienen ya con qué quererse a ellos mismos. Así, Suzanne Lilar hace decir a
Benvenuta: «Yo, la intérprete de Bartok y de Hindemith, yo que tuve las
ovaciones de Londres, de París, de Roma, yo que... ¡A sus pies, ebrio de
humildad y de nada! ¡Adorante! ¡Inmolada! ¡Aspirada por vía negationis!»
y, más recientemente, Madeleine Chapsal, hablando de su relación con J.-J
Servan-Schreiber, confiaba a sus lectores: «Le seguía como un perrito».
Otra dimensión del amor: el sueño de
hacer [ser] Uno, viejo sueño, por así decirlo, sus huellas las encontramos ya en
el mito de Aristófanes. Y no parece que este sueño se haya vuelto obsoleto
incluso en la actualidad, cuando se estigmatiza el individualismo. Ser el “alma”
del otro, el corazón del otro, o la sangre que corre por sus venas, o todavía
«el yo de su tú», como lo canta Carla Bruni, no parece pasado de moda. Pero
hacer [ser] Uno no está desprovisto de peligros para el yo
(moi).
Así «Hacer [ser] uno» dice el humorista,
que añade: «¿pero cuál de los dos?». Parecería que Woody Allen puede responder:
«¡yo, naturalmente! » Todo esto para esbozar el lado que despersonaliza,
subjetivamente mortífero de esta tendencia amorosa a hacer “Uno” que ustedes
conocen suficientemente bien para que no sea necesario que
insista.
Cuando el otro ama también, cuando la
pasión se hace recíproca (lo que no siempre es el caso, contrariamente a lo que
se hizo decir a Lacan – podemos volver sobre eso en la discusión), así pues
cuando el amado elegido se enamora también, entonces esos efectos nefastos de la
pasión son compensados: el yo es de nuevo recíprocamente narcisizado por el amor del otro: a través de
su mirada, de sus palabras y de sus gestos de amor y de deseo, el amante vuelve
a verse como amable [digno de amor] y deseable, rejuvenece, incluso renace a la
vida. Aquí también podemos extraer numerosos testimonios tanto de los
tratamientos como de obras literarias.
Algunas citas entre muchas otras:
Benvenuta de nuevo: «Insolencia, belleza,
juventud, todo vuelve de nuevo en unas horas a la que se creía frustrada para
siempre. No sólo me sentía joven, sino que lo era por primera vez... Después de
su partida, largamente me miré y me maravillé con mi belleza que había
regresado... el amor logra hacer remontar el alma…Lo veo con claridad en la
mirada de los hombres que cruzo en la estación. Yo que no recibía ya apenas el
homenaje de la calle, supe que todavía podía ser perfectamente deseada por un
transeúnte... » Y este sentimiento de renacimiento, incluso si es engañoso, como
todo sentimiento, no deja tampoco de producir sus efectos en los hombres. Pensemos, por ejemplo, en Pablo
Picasso cuya obra recupera su aliento con cada nueva relación; a Auguste Rodin
cuya obra es revivificada y transformada por su encuentro amoroso con Camille
Claudel; a Emile Zola que renace y cuya obra se expande, a los 40 años, gracias
al encuentro de su segunda compañera.
Parafraseando al filósofo, podríamos
decir: «Él o ella me quiere, entonces soy o, más bien, revivo», y todavía: «Él o
ella me desea, luego existo o, más exactamente, llego a
ser».
Las reciprocidades del amor, tanto como
las del deseo, son pues, en nuestra cultura occidental de hoy, completamente
esenciales para el sujeto o, por lo menos, para su yo (moi). Y es el
sentido preciso que Lacan quería dar a su fórmula «El amor es siempre
recíproco»; pide y exige siempre reciprocidad.
Podemos comprender que la pulsión de
dominio se desarrolle con respecto a aquel o a aquella que es la ocasión o la
causa de ese amor. Podemos comprender también la angustia del declinar, del
ocaso y del fin de este amor renarcisizante. Esta importancia vital de la
respuesta amorosa puede dar cuenta parcialmente de ciertas mociones
celosas.
b) En el registro del deseo
Pasemos ahora, más explícitamente, al
registro del deseo, que hay que distinguir al del amor, incluso si, en nuestra
cultura de hoy, la intrincación (la re-intrincación) del amor y del deseo es lo
ideal (fait idéal). En este registro, la pasión no es menos peligrosa.
Porque, si bien los optimistas creen que una conjugación armoniosa de dos
escenarios fantasmáticos es posible o que el intercambio de los trozos de
cuerpos que satisfacen el fantasma y la pulsión es posible, la clínica nos
señala que nunca es así. Ella indica, por el contrario, que la conjugación de
esos dos fantasmas en un escenario de pareja sólo puede ser el resultado de una
negociación más o menos agria, algunos dirán de un brazo de hierro o de una
confrontación, otros dirán de un debate o todavía de una negociación. Y si el
poeta que canta «No hay amor feliz» es tal vez demasiado pesimista, la clínica
nos da a pensar que la satisfacción fantasmática es siempre parcial y precaria.
Es más, que la satisfacción de uno se hace a menudo en detrimento de la
satisfacción del otro, la tendencia general del ser de deseo, del «deseo ser»
(désir être), es imponerle al otro la realización del fantasma que le
anima. Te deseo significando algo como «¿Quieres representar el papel de uno de
los personajes de mi fantasma?» ¿o todavía, lacanianamente, podría decirse:
«Quieres prestarme (o más autoritariamente: ¡préstame!) el trozo de tu cuerpo
que causa mi deseo?». Lacan llega a decir incluso: «Porque te quiero, te
mutilo», lo que él un día había ilustrado por el final del Imperio de los
Sentidos. Recordamos que la sirvienta, amante (ama) (maîtresse),
mutila el sexo de su dueño (maìtre) y amante.
Hace más de 15 años, había titulado una
comunicación sobre el sujeto: Felino para el otro (Félin pour l’autre),
el juego de palabras que todavía me recuerdan hoy algunos de mis colegas. Yo
subrayaba que los enamorados, que se decían «hechos uno para el otro», no
escuchaban generalmente lo que había de felino (félin) en
esta expresión, como en muchos otros por otra parte del
vocabulario amoroso. ¿Acaso no decimos “Estás para
comerte”, “Él me devoraba con los ojos”,
“es una devora hombres”, o una verdadera «mantis
religiosa», o todavía «Tengo miedo de que me
coma»?
Al principio del siglo XIX, el fantasma
de devoración apasionado fue puesto en escena de la manera más radicalmente
trágica en Pentesilea, la tragedia de Heinrich von Kleist. Algunos
recordarán que esta tragedia se acaba con la devoración de Aquiles, el Héroe
griego, por los perros de Pentesilea, la reina de las Amazonas, a la vez su
enemiga y su enamorada. La amazona victoriosa acaba por unirse a sus perros y
participa en la devoración de los despojos sangrantes de su amante antes de
suicidarse.
Y hoy Carla Bruni, ¿acaso no canta en “El
tú del mí”, menos trágicamente es verdad: «Soy la espiga, tú la paja. Tú el agua
que viene y yo la boca»?
En el registro del fantasma, la pasión
representa un triple peligro para el sujeto: la aniquilación de su propio
fantasma en provecho de la satisfacción del fantasma del otro, la realización
más o menos disfrazada del fantasma de devoración amoroso y, en tercer lugar, la
reducción fantasmática al objeto imaginario que supuestamente colmará el vacío
dejado por la pérdida del objeto a real.
El ABANDONO POR PARTE DEL SER AMADO
A pesar de estos peligros de la pasión,
el/la apasionado(a) a menudo no hará nada para apartarse de ella. Comprendemos
que haría falta que ya no le gustara y no deseara al otro para poder dejar a él o a la que puso en el
lugar de renarcisizante de su yo (moi), de fuente de vida nueva, de
descubrimiento de sus fantasmas desconocidos.
En 2000, Ne me quitte pas... «Yo seré la sombra de tu sombra, la sombra de
tu mano, la sombra de tu perro», la canción de Jacques Brel, fue elegida
«Canción del siglo» por el voto de los oyentes del conjunto mundial de las
radios francófonas. No pienso que esto deje de tener relación con lo que evoco
aquí. Mejor ser la sombra de tu perro que no existir más para
ti.
No es difícil comprender que el abandono
pueda ser seguido por el desencadenamiento de odio, incluido en todo
enamoramiento, de irrupción de pensamientos suicidas, incluso algunos suicidios
(llamada al otro o pasaje al acto), y, finalmente, por algunos homicidios
pasionales (el de Carmen que quiere conservar su libertad, apuñalada por su
amante para que nadie más pueda poseerla; y el de Marie Trintignant por Bertrand
Cantat, quien dejó a su mujer por una Marie, que no quería ceder sobre su estilo
de vida amorosa).
Todo esto me parece tanto más verdadero
cuanto el amado ha sido convocado al lugar del Otro, salvador del desamparo de
la infancia, o todavía al lugar del sinthome, en el sentido lacaniano de
este término, este cuarto redondel que mantiene unidos lo real, lo imaginario y
lo simbólico de un sujeto cuya estructura está
afectada por un error de anudamiento.
a) El Otro salvador
Consideremos en primer lugar este sitio
del Otro primordial, salvador del desamparo concomitante de nuestra llegada al
mundo – «Hilflosigkeit», decía Freud. Esta intervención del Otro, que
protege y que se ocupa del niño, deja una profunda huella en su psiquismo. Si el
amado(a) es convocado(a) por el sujeto a este sitio, toma un sitio de un
para-angustia completamente esencial, completamente vital, y su partida sólo
puede hacer estragos.
b) El Otro
sinthome
Sucede también que el Otro del amor ocupa
la función y el sitio del sinthome. Este amor-sinthome o
amor-prótesis tiene todo el aspecto de una relación patológica, pero permite al
sujeto vivir evitando la despersonalización que conlleva el desanudamiento de lo
Real, de lo imaginario y de lo simbólico. Sin haber podido estudiar con más
detalle la bibliografía de Camille Claudel, parece claramente, que nos
encontramos con ella en un caso ejemplar semejante. Su relación con Rodin
funcionó como un sinthome que la protegía sin duda de la descompensación psicótica, alimentando, tanto
para uno como para el otro, una creatividad fuera de lo común. Pero Camille no
resistió la prueba del abandono. Lo que sabemos de ella da que pensar que su
estructura psíquica estaba lista para fracturarse. Reine-Marie Paris, una de sus
biógrafas, escribe así que con el abandono de su amante «Ella perdía sus
defensas, esta muralla China invisible que se extiende alrededor de los
territorios secretos del alma. Todo se derrumbaba, dando paso a la invasión del
inconsciente». Las primeras manifestaciones de su desequilibrio, que precedieron
unos años su internamiento en el hospital psiquiátrico, aparecieron desde su
ruptura con Auguste Rodin.
QUE LAS MUJERES ESTÉN MÁS SUJETAS A LA
PASIÓN
Parecería que las mujeres estén sujetas
más a menudo a la pasión amorosa que los désirêtres (deseoseres) que
pertenecen al sexo todavía llamado
fuerte. Es posible, aunque existan una serie de ejemplos de pasiones masculinas;
evoqué algunas al pasar. ¿Cómo comprender que las mujeres sean más débiles a
este respecto?
Me di dos explicaciones posibles para
este hecho.
En primer lugar es necesario comprobar
que los hombres encuentran en general más fácilmente y, en todo caso, más rápido
una sustituta del objeto de amor y de deseo que le habrían abandonado. Sería
necesario todavía explicar por qué el carácter intercambiable del objeto de amor
y de deseo sería mayor para ellos que para las mujeres.
Pero hay una razón más fundamental,
pienso.
Si, como lo afirma Freud, la confianza en
sí mismo de un hombre reside en el sentimiento de haber sido muy amado por su
madre y si la relación informe entre las chicas y su madre está generalmente más
marcada por la ambivalencia que la de los chicos y su madre, es lógico que los
hombres necesiten menos la mirada del
Otro, el amor del Otro y su deseo, para que su narcisismo esté lo
suficientemente bien alimentado. Por esta razón, la búsqueda del amor y del
deseo del Otro, sería más importante pues entre las mujeres. ¿Esto contradice
evidentemente las declaraciones de Freud sobre el narcisismo, que –según él-
caracterizaría más a las mujeres, pero, estas últimas declaraciones
¿corresponden efectivamente a nuestra realidad clínica? Es sobre esta pregunta
que me propongo cerrar esta exposición y abrir el debate con
vosotros.
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(1) A partir de diversos extractos de De Neuter P. y Bastien D. (editores), Clínica de la pareja, 2007, Eres.