5.3 ( T ) DE NEUTER, Patrick: Pasiones amorosas y que hacen estragos ¿Por qué se atraen ?1

 

Las pasiones amorosas son todas diferentes. Las del obsesivo no son las del histérico y las que encontramos en los casos de psicosis son asimismo diferentes. Ellas tienen, sin embargo, ciertos puntos en común –particularmente, el padecimiento, el sufrimiento, incluso el estrago– que las acompaña muy a menudo antes, durante o después de que la relación pasional se haya hecho efectiva.

¿Cómo dar cuenta de estos estragos? ¿Por qué subrayar este punto? ¿Cómo comprender que las mujeres estén más sujetas a eso que los hombres, si es que este es el caso efectivamente?

He aquí las tres preguntas a las cuales voy a intentar responder en el marco de los minutos de que disponemos.

EL ESTRAGO INHERENTE A LA PASIÓN

a) En el registro del amor

Freud ya nos lo había enseñado: disponemos sólo de una cantidad limitada de libido; lo que invertimos en el otro implica una desinversión del yo. Además numerosas curas, numerosos ejemplos de la literatura lo demuestran: el enamorado y, a fortiori, el apasionado no tienen ya con qué quererse a ellos mismos. Así, Suzanne Lilar hace decir a Benvenuta: «Yo, la intérprete de Bartok y de Hindemith, yo que tuve las ovaciones de Londres, de París, de Roma, yo que... ¡A sus pies, ebrio de humildad y de nada! ¡Adorante! ¡Inmolada! ¡Aspirada por vía negationis!» y, más recientemente, Madeleine Chapsal, hablando de su relación con J.-J Servan-Schreiber, confiaba a sus lectores: «Le seguía como un perrito».

Otra dimensión del amor: el sueño de hacer [ser] Uno, viejo sueño, por así decirlo, sus huellas las encontramos ya en el mito de Aristófanes. Y no parece que este sueño se haya vuelto obsoleto incluso en la actualidad, cuando se estigmatiza el individualismo. Ser el “alma” del otro, el corazón del otro, o la sangre que corre por sus venas, o todavía «el yo de su tú», como lo canta Carla Bruni, no parece pasado de moda. Pero hacer [ser] Uno no está desprovisto de peligros para el yo (moi).

Así «Hacer [ser] uno» dice el humorista, que añade: «¿pero cuál de los dos?». Parecería que Woody Allen puede responder: «¡yo, naturalmente! » Todo esto para esbozar el lado que despersonaliza, subjetivamente mortífero de esta tendencia amorosa a hacer “Uno” que ustedes conocen suficientemente bien para que no sea necesario que insista.

Cuando el otro ama también, cuando la pasión se hace recíproca (lo que no siempre es el caso, contrariamente a lo que se hizo decir a Lacan – podemos volver sobre eso en la discusión), así pues cuando el amado elegido se enamora también, entonces esos efectos nefastos de la pasión son compensados: el yo es de nuevo recíprocamente  narcisizado por el amor del otro: a través de su mirada, de sus palabras y de sus gestos de amor y de deseo, el amante vuelve a verse como amable [digno de amor] y deseable, rejuvenece, incluso renace a la vida. Aquí también podemos extraer numerosos testimonios tanto de los tratamientos como de obras literarias.

Algunas citas entre muchas otras:

Benvenuta de nuevo: «Insolencia, belleza, juventud, todo vuelve de nuevo en unas horas a la que se creía frustrada para siempre. No sólo me sentía joven, sino que lo era por primera vez... Después de su partida, largamente me miré y me maravillé con mi belleza que había regresado... el amor logra hacer remontar el alma…Lo veo con claridad en la mirada de los hombres que cruzo en la estación. Yo que no recibía ya apenas el homenaje de la calle, supe que todavía podía ser perfectamente deseada por un transeúnte... » Y este sentimiento de renacimiento, incluso si es engañoso, como todo sentimiento, no deja tampoco de producir sus efectos en  los hombres. Pensemos, por ejemplo, en Pablo Picasso cuya obra recupera su aliento con cada nueva relación; a Auguste Rodin cuya obra es revivificada y transformada por su encuentro amoroso con Camille Claudel; a Emile Zola que renace y cuya obra se expande, a los 40 años, gracias al encuentro de su segunda compañera.

Parafraseando al filósofo, podríamos decir: «Él o ella me quiere, entonces soy o, más bien, revivo», y todavía: «Él o ella me desea, luego existo o, más exactamente, llego a ser».

Las reciprocidades del amor, tanto como las del deseo, son pues, en nuestra cultura occidental de hoy, completamente esenciales para el sujeto o, por lo menos, para su yo (moi). Y es el sentido preciso que Lacan quería dar a su fórmula «El amor es siempre recíproco»; pide y exige siempre reciprocidad.

Podemos comprender que la pulsión de dominio se desarrolle con respecto a aquel o a aquella que es la ocasión o la causa de ese amor. Podemos comprender también la angustia del declinar, del ocaso y del fin de este amor renarcisizante. Esta importancia vital de la respuesta amorosa puede dar cuenta parcialmente de ciertas mociones celosas.

b) En el registro del deseo

Pasemos ahora, más explícitamente, al registro del deseo, que hay que distinguir al del amor, incluso si, en nuestra cultura de hoy, la intrincación (la re-intrincación) del amor y del deseo es lo ideal (fait idéal). En este registro, la pasión no es menos peligrosa. Porque, si bien los optimistas creen que una conjugación armoniosa de dos escenarios fantasmáticos es posible o que el intercambio de los trozos de cuerpos que satisfacen el fantasma y la pulsión es posible, la clínica nos señala que nunca es así. Ella indica, por el contrario, que la conjugación de esos dos fantasmas en un escenario de pareja sólo puede ser el resultado de una negociación más o menos agria, algunos dirán de un brazo de hierro o de una confrontación, otros dirán de un debate o todavía de una negociación. Y si el poeta que canta «No hay amor feliz» es tal vez demasiado pesimista, la clínica nos da a pensar que la satisfacción fantasmática es siempre parcial y precaria. Es más, que la satisfacción de uno se hace a menudo en detrimento de la satisfacción del otro, la tendencia general del ser de deseo, del «deseo ser» (désir être), es imponerle al otro la realización del fantasma que le anima. Te deseo significando algo como «¿Quieres representar el papel de uno de los personajes de mi fantasma?» ¿o todavía, lacanianamente, podría decirse: «Quieres prestarme (o más autoritariamente: ¡préstame!) el trozo de tu cuerpo que causa mi deseo?». Lacan llega a decir incluso: «Porque te quiero, te mutilo», lo que él un día había ilustrado por el final del Imperio de los Sentidos. Recordamos que la sirvienta, amante (ama) (maîtresse), mutila el sexo de su dueño (maìtre) y amante.

Hace más de 15 años, había titulado una comunicación sobre el sujeto: Felino para el otro (Félin pour l’autre), el juego de palabras que todavía me recuerdan hoy algunos de mis colegas. Yo subrayaba que los enamorados, que se decían «hechos uno para el otro», no escuchaban generalmente lo que había de felino (félin) en esta expresión, como en muchos otros por otra parte del vocabulario amoroso. ¿Acaso no decimos “Estás para comerte”, “Él me devoraba con los ojos”, “es una devora hombres”, o una verdadera «mantis religiosa», o todavía «Tengo miedo de que me coma»?

Al principio del siglo XIX, el fantasma de devoración apasionado fue puesto en escena de la manera más radicalmente trágica en Pentesilea, la tragedia de Heinrich von Kleist. Algunos recordarán que esta tragedia se acaba con la devoración de Aquiles, el Héroe griego, por los perros de Pentesilea, la reina de las Amazonas, a la vez su enemiga y su enamorada. La amazona victoriosa acaba por unirse a sus perros y participa en la devoración de los despojos sangrantes de su amante antes de suicidarse.

Y hoy Carla Bruni, ¿acaso no canta en “El tú del mí”, menos trágicamente es verdad: «Soy la espiga, tú la paja. Tú el agua que viene y yo la boca»?

En el registro del fantasma, la pasión representa un triple peligro para el sujeto: la aniquilación de su propio fantasma en provecho de la satisfacción del fantasma del otro, la realización más o menos disfrazada del fantasma de devoración amoroso y, en tercer lugar, la reducción fantasmática al objeto imaginario que supuestamente colmará el vacío dejado por la pérdida del objeto a real.

El ABANDONO POR PARTE DEL SER AMADO 

A pesar de estos peligros de la pasión, el/la apasionado(a) a menudo no hará nada para apartarse de ella. Comprendemos que haría falta que ya no le gustara y no deseara al otro  para poder dejar a él o a la que puso en el lugar de renarcisizante de su yo (moi), de fuente de vida nueva, de descubrimiento de sus fantasmas desconocidos.

En 2000, Ne me quitte pas...  «Yo seré la sombra de tu sombra, la sombra de tu mano, la sombra de tu perro», la canción de Jacques Brel, fue elegida «Canción del siglo» por el voto de los oyentes del conjunto mundial de las radios francófonas. No pienso que esto deje de tener relación con lo que evoco aquí. Mejor ser la sombra de tu perro que no existir más para ti.

No es difícil comprender que el abandono pueda ser seguido por el desencadenamiento de odio, incluido en todo enamoramiento, de irrupción de pensamientos suicidas, incluso algunos suicidios (llamada al otro o pasaje al acto), y, finalmente, por algunos homicidios pasionales (el de Carmen que quiere conservar su libertad, apuñalada por su amante para que nadie más pueda poseerla; y el de Marie Trintignant por Bertrand Cantat, quien dejó a su mujer por una Marie, que no quería ceder sobre su estilo de vida amorosa).

Todo esto me parece tanto más verdadero cuanto el amado ha sido convocado al lugar del Otro, salvador del desamparo de la infancia, o todavía al lugar del sinthome, en el sentido lacaniano de este término, este cuarto redondel que mantiene unidos lo real, lo imaginario y lo simbólico de un sujeto cuya estructura está  afectada por un error de anudamiento.

a) El Otro salvador

Consideremos en primer lugar este sitio del Otro primordial, salvador del desamparo concomitante de nuestra llegada al mundo – «Hilflosigkeit», decía Freud. Esta intervención del Otro, que protege y que se ocupa del niño, deja una profunda huella en su psiquismo. Si el amado(a) es convocado(a) por el sujeto a este sitio, toma un sitio de un para-angustia completamente esencial, completamente vital, y su partida sólo puede hacer estragos.

b) El Otro sinthome

Sucede también que el Otro del amor ocupa la función y el sitio del sinthome. Este amor-sinthome o amor-prótesis tiene todo el aspecto de una relación patológica, pero permite al sujeto vivir evitando la despersonalización que conlleva el desanudamiento de lo Real, de lo imaginario y de lo simbólico. Sin haber podido estudiar con más detalle la bibliografía de Camille Claudel, parece claramente, que nos encontramos con ella en un caso ejemplar semejante. Su relación con Rodin funcionó como un sinthome que la protegía sin duda de la  descompensación psicótica, alimentando, tanto para uno como para el otro, una creatividad fuera de lo común. Pero Camille no resistió la prueba del abandono. Lo que sabemos de ella da que pensar que su estructura psíquica estaba lista para fracturarse. Reine-Marie Paris, una de sus biógrafas, escribe así que con el abandono de su amante «Ella perdía sus defensas, esta muralla China invisible que se extiende alrededor de los territorios secretos del alma. Todo se derrumbaba, dando paso a la invasión del inconsciente». Las primeras manifestaciones de su desequilibrio, que precedieron unos años su internamiento en el hospital psiquiátrico, aparecieron desde su ruptura con Auguste Rodin.

QUE LAS MUJERES ESTÉN MÁS SUJETAS A LA PASIÓN

Parecería que las mujeres estén sujetas más a menudo a la pasión amorosa que los désirêtres (deseoseres) que pertenecen  al sexo todavía llamado fuerte. Es posible, aunque existan una serie de ejemplos de pasiones masculinas; evoqué algunas al pasar. ¿Cómo comprender que las mujeres sean más débiles a este respecto?

Me di dos explicaciones posibles para este hecho.

En primer lugar es necesario comprobar que los hombres encuentran en general más fácilmente y, en todo caso, más rápido una sustituta del objeto de amor y de deseo que le habrían abandonado. Sería necesario todavía explicar por qué el carácter intercambiable del objeto de amor y de deseo sería mayor para ellos que para las mujeres.

Pero hay una razón más fundamental, pienso.

Si, como lo afirma Freud, la confianza en sí mismo de un hombre reside en el sentimiento de haber sido muy amado por su madre y si la relación informe entre las chicas y su madre está generalmente más marcada por la ambivalencia que la de los chicos y su madre, es lógico que los hombres necesiten menos la  mirada del Otro, el amor del Otro y su deseo, para que su narcisismo esté lo suficientemente bien alimentado. Por esta razón, la búsqueda del amor y del deseo del Otro, sería más importante pues entre las mujeres. ¿Esto contradice evidentemente las declaraciones de Freud sobre el narcisismo, que –según él- caracterizaría más a las mujeres, pero, estas últimas declaraciones ¿corresponden efectivamente a nuestra realidad clínica? Es sobre esta pregunta que me propongo cerrar esta exposición y abrir el debate con vosotros.

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(1) A partir de diversos extractos de De Neuter P. y Bastien D. (editores), Clínica de la pareja, 2007, Eres.