1.2 (O) Jorge GÓMEZ ALCALÁ / Alfonso GÓMEZ PRIETO / Javier RODRIGUEZ MAGANO: Máscaras de la sexualidad

 

Quisiera comenzar recordándoles, de entrada, dos textos de Lacan muy interesantes: La significación del falo y el seminario nº20  Aún (Encore), que ustedes conocen y que, a modo de presentación próxima al decir del discurso que les propongo, no dejan de sostener cierto vínculo del acto de reconocimiento que sobre la verdad del Otro el sujeto espera. Esta verdad, por más que se la presente con la mayor de las certidumbres, evidencia la ceguera propia del saber-supuesto, en tanto el sujeto encuentra en el límite de su palabra el conocimiento de lo que, de hecho, ignora, y hasta el frágil sentido de sus producciones. De todo esto, los analistas, sabemos bien, que lo que corresponde al campo del saber figura cierta relación imaginaria que, mejor o peor, condesciende al dominio de lo simbólico, por cuanto la verdad de lo que allí se inscribe es siempre del orden de lo que falta, de lo que falla al objeto que se le presume y sin el cual, la realidad apenas si logra sostenerse. “La verdad está en reabsorción constante en lo que tiene de perturbador, no siendo en sí misma sino lo que falta para la realización del saber(…)La verdad no es otra cosa sino aquello de lo cual el saber no puede enterarse de que lo sabe sino haciendo actuar su ignorancia. Crisis real en la que lo imaginario se resuelve engendrando una nueva forma simbólica. ¿Qué es esto sino un sujeto acabado en su identidad consigo mismo”.  (LACAN, Escritos)

 
Para entender, entonces, de qué les hablo cuando les hablo de la verdad del sujeto, es preciso señalar que si algo puede decirse en este asunto, es en la medida en que el falo no es para ninguno de los dos, hombre y mujer, sino lo que precariamente sostiene la disimetría del amor del Otro, de lo sexual del otro en la mascarada que suponen las identificaciones en torno a la cuestión de lo que de él viene. ¿Y qué es lo que viene del Otro?, bueno esencialmente un enigma, un enigma que tiene al amor por acertijo. El amor es lo que del Otro sostenemos en la apariencia de certidumbre que es el saber. Amamos lo que somos en lo que desconocemos. Si les cuento todo esto, es para decirles que lo que se pone en juego en la mascarada sexual es precisamente la apariencia, la apariencia del Ser en tanto ser sexuado. Con todo, hay que señalar que esta apariencia, esta máscara de lo que se es entra en juego por lo que se tiene, que no es más que la enunciación de la dialéctica que va del ser al tener y con la cual se organiza el intercambio simbólico del falo en el acto sexual. La palabra, entonces, se articula tanto menos por el significado que por el significante que evoca, en la medida en que éste hace de soporte para ese Otro significante (el falo) que lo precipita por el camino de la significación, significando aquello que, de hecho, no existe: la relación sexual.

La palabra verdadera, la verdad de la palabra, es aquella que se aproxima a lo que lucha por hacerse oír, por hacerse reconocer en el movimiento mismo de la demanda. Demanda que hace del falo, justamente, eso por lo que ha de ser puesto en entre-dicho lo que no se tiene sino imaginariamente y de lo que el sujeto por virtud de lo reprimido  ignora.

Ateniéndonos a esta función del falo podemos distinguir las diversas estructuras que conformarán la mascarada imaginaria en torno a la relación sexual y al goce inherente. No olvidemos que lo que determina la forma emergente del deseo en el fantasma se manifiesta en esa disyunción del ser respecto al tener que es la solución neurótica de la salida del complejo de Edipo. En la Significación del Falo, Lacan dice que “Los hechos clínicos demuestran una relación del sujeto con el falo que se establece independientemente de la diferencia anatómica de los sexos”.

Podemos tomar la estructura perversa como ejemplo paradigmático de lo que supone la escenificación de un fantasma en cuya máscara encontramos la coagulación de un saber sobre el goce. El perverso es el que, desde luego, sabe-gozar y hacer gozar al precio de una desmentida. Desmentida que recae sobre la castración y que hace del sujeto perverso el falo que enmascara la realidad de la falta. La máscara de la impostura que supone esta renegación reside en el hecho de que lo que el perverso se obstina en desconocer y desafiar es precisamente la diferencia sexual, ya que esto lo confrontaría con la pérdida del falo que él supone encarnar para el Otro materno. Así, nos encontramos ante la filiación imaginaria de un sujeto que sostiene su virilidad, del lado masculino, en la medida en que, identificándose a una madre todopoderosa y sobrevalorada, ésta se hace portadora del falo que él representa. El equivoco suspendido en la dinámica del deseo recae sobre la condición de ser-para el falo con lo que la cuestión acerca de lo que supone tenerlo queda obturada. Este mecanismo defensivo que Freud definió como Verleugnun evidencia la salida imaginaria por la que, y paradójicamente, es negado aquello que se afirma, es decir: la castración. El perverso se imagina ser el Otro para asegurarse el goce, lo que desconoce es que de esta manera él mismo es preso de la voluntad imperativa de ese goce que lo captura como un instrumento a su servicio. La máscara perversa presenta la apariencia inquebrantable del Amo-Verdugo y del saber hacer con el Otro, con el goce del otro, con la falta recusada e insoportable del Otro en la castración. Es por la Ley del Padre que el perverso existe, como todo sujeto neurótico, ya que no hay sujeto que no lo sea de la ley. En la medida en que en el perverso presenta como desafío transgresor su mascarada respecto a la posibilidad de gozar ilimitadamente, es que reconoce a la Ley como aquello de lo que se debe  renegar; es decir, el hecho de estar castrado. Paradójicamente a lo que la máscara perversa nos muestra; la trasgresión ofrecida a la mirada del Otro sólo es posible si él mismo es tomado como víctima del Otro sometida a una ejecución inminente. La angustia por la castración puede entonces ser escenificada de manera tal que el paso a un acto suicida como el llevado a cabo por el escritor japonés Yukio Mishima represente el golpe mortífero de la ley del Padre en el límite con el goce. Recordaré brevemente aquellas palabras de Sade cuando al conocer su condena a muerte por sodomía respondió: “Me cago en Dios” A eso quería yo llegar, ya estoy cubierto de oprobio.” (Citado por Serge André, en La Impostura perversa). Con lo que finalmente recibía de la Ley su propio advenimiento como sujeto fuera de la Ley. 

 

Del lado del obsesivo la cosa funciona de manera un tanto diferente. Sabemos de la relación del obsesivo con la Ley del Padre, conocemos ese tironeo que, en cierta forma, responde a una necesidad de medirse con el ideal que representa pero guardándose muy bien (o muy mal en el caso del obsesivo) de no llegar a igualarse a él, so pena de destruir aquello que le sostiene. Preservar el ideal, proteger el espacio sagrado del deseo que se le impone, salvaguardar el honor al precio de la muerte, tener a la muerte como ese imposible que el imaginario vincula con el goce-todo. Esas máscaras estereotípicas que el obsesivo se esfuerza es representar son tanto más evidentes por cuanto lo que esconden es precisamente lo contrario de lo que aparentan. El deseo no puede ser reconocido como tal, como algo sucio, embarrado, cagado, si me lo permiten, en esa obstinación del obsesivo en mantenerse a toda costa fuera del registro de la castración. La manera de vincularse a los ideales más nobles, a las causas más justas (la justicia unilateral del obsesivo, claro está), el sometimiento a un orden inquebrantable; todas esas apariencias en las que se hace representar por máscaras que anticipan la apariencia de dominio del saber, del saber sobre el objeto causa del deseo que lo atormenta porque no  logra dominarlo, mantenerlo a distancia suficiente, aunque  se esfuerce en ese propósito. Que el objeto no condescienda al registro del deseo, que todo este “muerto”, que nada falte allí donde el sujeto habla por voz del Otro. Vemos la dificultad del obsesivo en separarse de la necesidad para articular su deseo en el registro de la demanda, lo que del Otro viene por hacerle falta es lo que el obsesivo pretende eludir. Esta recusación de la Ley es, paradójicamente, disimulada por el ideal de justicia, de “ley” que el obsesivo exige para sí mismo y para los demás, evidenciando claramente que esta exigencia es un movimiento de contrabalanceo, de equilibrio para no llegar hasta el final, para no gozar fuera de la ley. Los actos compulsivos figurados en las ritualizaciones, gestos profilácticos, conjuraciones, anulaciones del pensamiento o de la acción, escrupulosidad desmedida frente a lo que amenaza la pureza del sujeto “que la mierda no llegue al cuello” diría el obsesivo, enmascaran el impulso irrefrenable,  la coerción de una voluntad de goce que penetra por la fuerza a pesar de todas las  precauciones; esas máscaras para las que el obsesivo se entrega a una servidumbre voluntaria intentando que nada pase, penetre allí donde él cree saber sobre su dominio. Pese a la convicción con que el obsesivo muestra la verdad de estas máscaras, pese a esa apariencia de certidumbre, lo dijimos al principio, sobre el saber, la duda le atormenta, no le deja descansar. Esa duda que le empuja a reasegurarse compulsivamente de que allí no falta nada, de que él es el Falo que es necesario que haya, aunque haga falta que no para poder tomarlo, claro está, del Padre. De hecho porque la duda insiste de esa forma tan beligerante, es que existe certeza sobre la castración. Por esa insuficiencia de lo simbólico, la muerte del Padre muerto, el muerto que está, de hecho, vivo, como diría Melman, aparece en el Real como amenaza reiterada de lo que ya se ha producido. Aunque esta castración ocurre de manera deficitaria,  ese corte limpio que sabemos le falta al obsesivo del lado del Padre.  De ahí la insistencia, no bien la imago paterna es reactivada, del obsesivo por medirse en todos los desafíos y luchas de prestigio, en todas las afrentas que lo convoquen a demostrar que él posee lo que del Amo codicia, sin saberlo: la verdad sobre el goce de ser el objeto del deseo del Otro omnipotente. Este desafío, sin embargo, es puesto en escena para asegurar la imposibilidad de la conquista, su fracaso. Así por un lado, el obsesivo se somete a la Ley que lo mantiene a distancia del goce mortífero y por el otro la Ley es transgredida para gozar al precio de ser culpable. Compulsión que manifiesta en el obsesivo el valor de máscara del goce en la estructura significante del sujeto. En palabras de Deleuze: “El verdadero sujeto de la repetición es la máscara. Porque la repetición difiere de la representación, lo repetido no puede ser representado, sino que debe ser siempre significado, enmascarado por lo que significa, enmascarando, a su vez, lo que significa.”   

Dentro del conjunto de estructuras que se definen en relación a la palabra encontramos a uno de ellos que merece especial atención en su relación con la sexualidad. El enfermo psicótico es, según nos dice Lacan en “L’Etourdit”, (El Atolondradicho), un fuera de discurso. Porque el decir del psicótico no hace lazo social y este es un hecho  que a todos nos resulta evidente.

El psicótico no se puede ubicar en ninguno de los 4 discursos con los que Lacan define los 4 modos posibles de relación con el significante cuando la proporción sexual es imposible. Lacan no se cansó de repetir, como saben y dije mas arriba, que no hay relación sexual.

El psicótico es un “fuera de discurso”, en el sentido lacaniano, porque se ubica en el discurso del Amo como Amo mismo. Y este discurso, discurso base, inaugural, se caracteriza porque el lugar del Amo está vacío. Es un lugar vacío. En el discurso del Amo, son los esclavos, los otros y no el Amo, los que hacen lazo social, así como en el discurso analítico el lazo social  se efectúa entre el analista y el analizante, y no entre analistas. Eso explicaría, junto a otros elementos, que no vienen al caso ahora, porqué no es posible que funcione una Sociedad Analítica. Si el psicótico, como decimos, no hace lazo social, ¿como podemos hablar del amor o del sexo en esta patología, en esta estructura?

Lacan gusta de usar una expresión muy singular, sin embargo, al hablar reiteradamente   de “el eros del psicótico”. La psicosis es una enfermedad de la relación simbólica, no de la relación de objeto tal como la entendemos en un sentido imaginario y como la descubrimos en los neuróticos. Sin embargo, en los Escritos, Lacan nos dice que la relación imaginaria está sostenida y apoyada por la relación simbólica. Es que no es posible que el narcisismo  pueda sostenerse sin el concurso del Otro. En el campo del amor se ponen en juego tanto el otro, como objeto especular, como la relación con el Otro.

Al amor en la psicosis nos podemos aproximar, si lo entendemos a partir de lo que denominamos fenómenos erotomaníacos. Y esto fue entendido así desde hace muchos años. Desde antiguo se estudiaba lo que se denominaban psicosis “pasionales”, en relación con aquellas por todos nosotros conocidas como paranoias. Este es un punto donde se nos plantean varios problemas que debemos analizar por separado. En primer lugar, de diagnóstico diferencial con la Histeria, con las “locas pasiones” de la histeria.

Otro problema a tener en cuenta es el de la problemática homosexual, que en Freud es la hipótesis fundamental que explicaría la enfermedad en el caso Schreber por todos conocido y en Lacan es mencionada como “erotomanía divina”, ya que el maestro francés se esfuerza en separar este tema en los neuróticos y los psicóticos. La cuestión erotómana y la pasión en los neuróticos y psicóticos.

Y por fin otro tema fundamental : la transferencia. En la Clínica, pero no sólo allí. En la transferencia con los psicóticos hay muchas razones para pensar que hay una fuerza, un impulso dirigido hacia la erotomanía.

Cuando investigamos en nuestros pacientes y en la literatura sobre el tema del amor nos encontramos con aquello que pone en relación permanentemente los problemas de la salud mental con la cuestión del sexo.

Freud piensa que la neurosis, la psicosis y, por cuestiones obvias, también las perversiones, como hemos visto, son enfermedades ligadas al problema del sexo, a la represión o a otro tipo de intervención sobre el goce.

Como saben y dije más arriba, la postura de Freud consiste en situar el “complejo de castración”, siempre dentro del contexto del edificio edípico, como explicación central de las neurosis. Posteriormente, intentó aplicar este mismo modelo a las psicosis. Lacan, sin embargo, nos explica la castración utilizando el registro simbólico, al descubrir y utilizar la función que cumple el significante “Nombre del Padre”. Y, cuando aborda las psicosis no lo hace por analogía con las neurosis, como lo hacía Freud, sino por su diferencia.

En la psicosis lo que hay es “incomparecencia de la castración”, que es como debemos traducir para ser certeros el concepto de Forclusión del Nombre del Padre.

Las consecuencias que trae esta incomparecencia sobre la función fálica en el nivel de la relación erótica con el Otro es determinante ya que ubica el postulado central sobre el que girará toda la estructura.

Existen múltiples y diversas consecuencias, no sólo sobre el registro imaginario, no sólo sobre el lazo con el Otro, no sólo sobre la unión de los afectos en general, sino sobre el goce del cuerpo. El afecto es la consecuencia en el sujeto del hecho de que el cuerpo esté impresionado en su goce por el registro de lo simbólico. Y como sabemos desde Lacan, el cuerpo es el yo del sujeto. Ahora bien, este lazo gozado con el Otro, se exterioriza a nivel de la psicosis y, siguiendo la tradición psiquiátrica, como erotomanía. La erotomanía, esta cierta lujuria, se presenta como un postulado sobre el otro y esto se da con un grado de certidumbre en el que no cabe duda ni pregunta alguna, la afirmación es contundente, “el otro me ama”. Lo que se desconoce en la neurosis aflora en la psicosis en el plano de los fenómenos, lo tenemos delante nuestro.

En la neurosis, el fantasma nunca es reconocido, siempre está presente pero escapa a la comprensión del sujeto. Y a la nuestra si no afinamos la escucha. En la psicosis el fantasma está presente en los fenómenos mismos. Casi podríamos decir que “salta a la vista”. Resulta evidente.

Lacan nos habla de una segunda forma que puede adoptar la erotomanía y lo hace cuando describe el caso “Aimée”. En este caso la fórmula “el otro me ama” es sustituida por “amo al otro”. La diferencia de esta segunda representación con las neurosis estribaría en la “cualidad” del objeto elegido. Pero lo más complejo de distinguir es su diferencia con la Histeria, como les dije antes, al hacer prevalecer esta última estructura una específica relación con el Amo.

Porque lo que define al sujeto histérico es, entre otras cosas, su lazo con un significante-Amo que está encarnado primeramente en una persona, y en estos sujetos solemos encontrarnos incluso con esa convicción, con ese convencimiento. Convicción, que no certeza. El problema está en hacer la distinción con la posición erotomaníaca. El rasgo psicótico por excelencia es la certidumbre. Es la seguridad. No siempre es fácil distinguir la certidumbre de la convicción neurótica. La convicción nos habla de creencia. Para el psicótico existe una certeza respecto del Otro. Es algo más fijo, más consolidado que un saber, algo más estable, porque un saber siempre puede ser recusado por otro saber. Una certeza verdadera no se recusa. No se rechaza. No tiene la posibilidad de entrar en una dialéctica que nos abriría las puertas a su cuestionamiento.

En el caso de la erotomanía, el rasgo clínico de la certidumbre es aquél del que el sujeto casi no habla. Lo da por supuesto. Eso es así. La histérica si habla. Justifica sus convicciones. Sus creencias. El erotomaníaco es extremadamente lógico, intenta explicar a partir de su certeza el porqué el objeto no viene en su dirección. En la Histeria hay Otro barrado, tachado, en la psicosis un Otro entero.

En “Subversión del sujeto….” vemos que la posición del sujeto histérico en el fantasma es la de ponerse del lado del objeto. El erotomaníaco no puede hacer esta operación, este ejercicio. Está ligado como objeto al Otro no tachado. La histérica se ubica como el psicótico, también en el fantasma con un Otro al que supone prestigioso, acreditado, pero lo hace del lado del objeto y para sustraerse a él. En el fantasma de seducción, propio de esta estructura, se ve muy bien el postulado “me ama” o, mejor aún, “me quiso”. Lo escuchamos casi a diario. El histérico se hace huidizo en la realidad o en el fantasma. Seduce al Otro y se escapa, en lo Real o en lo Imaginario.

El histérico cree. La creencia es la transcripción fenomenológica de la división del sujeto. Porque en la histeria hay división del sujeto. Sólo hay un lugar para la creencia, cuando uno está dividido.

Podemos ligar la creencia con muchos fenómenos, como la mitomanía, tomando un ejemplo, o con la capacidad de inventar, que es tan ajustada y particular para el sujeto neurótico y no lo es del psicótico.

El verdadero psicótico no inventa nada, es extremadamente lógico, deduce, intenta esbozar una explicación, pero lo suyo es teorizar, es especular sobre lo que se le impone como certeza, como evidencia. Y para ello construye un delirio. Intenta recuperar de esa manera la realidad.

Pero si tratamos de introducirnos en las máscaras de la sexualidad tal como se nos aparecen en lo imaginario dentro del universo neurótico, donde aparece la relación con el Otro como barrado, debemos diferenciar con suma claridad el amor del deseo. El amor es oblativo, lo da “todo”, es sacrificial. El amor no está interesado por los objetos que el otro pueda dar. El amor se abastece de nada. Entonces los pacientes que escuchamos en el diván nos enseñan que hay una escisión entre la tendencia amorosa y la tendencia al deseo. Los analistas debemos tener en cuenta que el amor en tanto dador, sacrificial, está preparado para todos los sacrificios. Para cualquier sacrificio. El amor es abnegado. Incluso para aquellos sacrificios que constituyeron el fondo de la neurosis misma del sujeto, es decir, los objetos del deseo que tuvieron que ser dejados atrás por la represión. En el amor, si no puedo tener a quien quiero, a aquello que quiero, puedo aceptar no tenerlo. No es que el deseo no se abastezca de objetos, sino que el deseo no contempla el sacrificio ni como posibilidad.

En el fondo del deseo lo que está planteado es el problema del goce con respecto al objeto. Esto nos introduce en un nuevo problema, en un nuevo síntoma: la impotencia. Freud nos dice que la impotencia se puede explicar por la escisión entre estas dos tendencias, al amor, por una parte, el deseo, por otra. Esto se juega así por causa del tabú al incesto, que se produce a partir de la pubertad y que el sujeto instaura como norma social. A partir de allí, los objetos que el sujeto podrá darse se los dará sobre el modelo de la madre. La ley del incesto lo prohibe y las dos corrientes terminan por escindir el objeto Madre. La madre queda como modelo de objeto sexual sobrevalorado, el correspondiente a la tendencia del amor. Así, para acceder a los objetos del deseo, el sujeto deberá transgredir la ley de prohibición del incesto, es decir, juntar las dos tendencias. Y lo que ocurre es que, en la medida que encuentre en los objetos sexuales algún estigma o recuerdo del objeto sobrevalorado, por esta ley, no puede tener acceso a ellos. Todo hombre, en algún momento de su vida ha sido impotente, ha tenido el problema de que se unan las dos tendencias. Esto que digo no pretende dar cuenta de la impotencia en general, de todos los casos de impotencia, pero es algo a tener muy en cuenta.

Es muy difícil, cuando hay una pérdida de objeto, (en el caso de una separación o abandono), al sufrir una decepción narcisista, volver a darse objetos sexuales. Porque en rigor de verdad, es la posición narcisista la que sostiene la libido de objeto. Entonces, cuando una persona mantiene una relación de amor con otra durante mucho tiempo, sobre todo si está acostumbrada a acostarse solamente con esa persona, en el momento que se separa le va a ser difícil acostarse con otra. Y, en primer lugar, a ese sentimiento de dificultad, que en el hombre puede ser de impotencia, se le agrega seguramente un sentimiento de auto desvalorización. Por lo tanto debe pasar un tiempo hasta que por nuevas relaciones con objetos se produzca una revalorización narcisista y se pueda mantener de nuevo relaciones sexuales. Primero me tengo que gustar a mi mismo para después tener relaciones.

Cuando uno pierde un objeto sobrevalorado, lo que pierde es la relación con la madre amada que asegura su narcisismo.

La operación que se produce en la pérdida de los objetos amorosos, lo que se podría llamar trabajo de duelo, es precisamente una operación de negación de la identidad del otro. Aquél que era lo único para mi, ya no lo es. Sólo entonces recupero la libido. Lo que ahora se dice el sujeto es que María, que era nada menos que María, no es más María. Es una entre otras.

Lo que se da por llamar, paso del tiempo, es una negación de la identidad, de la esencialidad, de lo que para uno era especial en el objeto: entonces se vuelve banal, insustancial.

Pero hay duelos patológicos. Como sucede con la operación de duelo que hace el Melancólico al intentar rescatar la libido del objeto que ya no está. Esto ocurre porque el objeto del Melancólico no era un verdadero objeto, sino una pesada elección narcisista de objeto. Lo que no puede soportar el melancólico es que el objeto perdido era él mismo. Lo único que puede hacer es identificarse con el objeto y apropiarse globalmente, masivamente, de él. La cualidad de los objetos, como lo mencioné mas arriba cuando hablaba de psicosis, de objetos profundamente narcisistas, sería un punto fundamental para explicar la melancolía. Si puede hacerse un duelo, eso quiere decir que en verdad la libido objetal era objetal. Si no puede hacerse, es que la libido objetal era pesadamente narcisista. El melancólico introyecta, incorpora el objeto basado en una identificación. Para saber si estamos frente a un melancólico, la prueba es escucharlo, examinar los reproches que se hace o que hace y atender a los contenidos de esos reproches. Veremos que no se corresponden con su realidad propia. Los temas del melancólico surgen de los reproches dirigidos a sus objetos narcisistas.

Pero volviendo a las dos tendencias que marcan o definen la vida erótica, encontramos un primer caso en esos hombres que se casan con mujeres que sobrevaloran, pero desean a otras. El otro caso sería la impotencia.

Tendríamos en el primero un acercamiento a los objetos degradados, objetos que surgen, que de alguna manera tienen que ver con la negación de la diferencia de los sexos y de pronto se tornan objetos aptos para el goce. Son objetos degradados y no sobrevalorados.

Las estructuras que estamos construyendo, que vamos hilvanando, son trabajadas una a una. No siempre pueden generalizarse, menos aún cuando se trata de hombres o mujeres.

Uno de los modelos del objeto degradado sería el objeto fetiche. Y se sabe que esto es bastante improbable en la mujer. El fetichismo dice Freud, es en el hombre una defensa contra la homosexualidad. Es el objeto que viene en lugar del pene que le falta a la madre. Allí donde debiera haber un objeto, el sujeto pone ahora un trozo de tela. Este trozo de tela simboliza el pene de la madre. Al encontrar el objeto que remplaza al pene materno, el sujeto hace de la mujer algo soportable y elude por este camino la homosexualidad. El objeto fetiche se asemeja al pene en el hecho de que está en lo Real, existe. El fetichista encuentra en el objeto lo que la mujer no tiene, que es lo que en verdad le perturba de ella. Pero la mujer, no necesita de esto, porque lo encuentra en el hombre. Tal vez por ello sea cierto, como nos agrada decir repitiendo a Lacan: la relación sexual no existe.