1.2
(O) Jorge GÓMEZ ALCALÁ / Alfonso GÓMEZ PRIETO / Javier RODRIGUEZ MAGANO:
Máscaras de la sexualidad
Quisiera comenzar recordándoles, de entrada, dos
textos de Lacan muy interesantes: La
significación del falo y el seminario nº20
Aún (Encore), que ustedes conocen y que, a modo de presentación
próxima al decir del discurso que les propongo, no dejan de sostener cierto
vínculo del acto de reconocimiento que sobre la verdad del Otro el sujeto
espera. Esta verdad, por más que se la presente con la mayor de las
certidumbres, evidencia la ceguera propia del saber-supuesto, en tanto el sujeto
encuentra en el límite de su palabra el conocimiento de lo que, de hecho,
ignora, y hasta el frágil sentido de sus producciones. De todo esto, los
analistas, sabemos bien, que lo que corresponde al campo del saber figura cierta
relación imaginaria que, mejor o peor, condesciende al dominio de lo simbólico,
por cuanto la verdad de lo que allí se inscribe es siempre del orden de lo que
falta, de lo que falla al objeto que se le presume y sin el cual, la realidad
apenas si logra sostenerse. “La verdad
está en reabsorción constante en lo que tiene de perturbador, no siendo en sí
misma sino lo que falta para la realización del saber(…)La verdad no es otra
cosa sino aquello de lo cual el saber no puede enterarse de que lo sabe sino
haciendo actuar su ignorancia. Crisis real en la que lo imaginario se resuelve
engendrando una nueva forma simbólica. ¿Qué es esto sino un sujeto acabado en su
identidad consigo mismo”. (LACAN,
Escritos)
Para entender, entonces, de qué les hablo cuando les
hablo de la verdad del sujeto, es preciso señalar que si algo puede decirse en
este asunto, es en la medida en que el falo no es para ninguno de los dos,
hombre y mujer, sino lo que precariamente sostiene la disimetría del amor del
Otro, de lo sexual del otro en la mascarada que suponen las identificaciones en
torno a la cuestión de lo que de él viene. ¿Y qué es lo que viene del Otro?,
bueno esencialmente un enigma, un enigma que tiene al amor por acertijo. El amor
es lo que del Otro sostenemos en la apariencia de certidumbre que es el saber.
Amamos lo que somos en lo que desconocemos. Si les cuento todo esto, es para
decirles que lo que se pone en juego en la mascarada sexual es precisamente la
apariencia, la apariencia del Ser en tanto ser sexuado. Con todo, hay que
señalar que esta apariencia, esta máscara de lo que se es entra en juego por lo que se tiene, que no es más que la enunciación
de la dialéctica que va del ser al tener y con la cual se organiza el
intercambio simbólico del falo en el acto sexual. La palabra, entonces, se
articula tanto menos por el significado que por el significante que evoca, en la
medida en que éste hace de soporte para ese Otro significante (el falo) que lo
precipita por el camino de la significación, significando aquello que, de hecho,
no existe: la relación sexual.
La palabra verdadera, la verdad de la palabra, es
aquella que se aproxima a lo que lucha por hacerse oír, por hacerse reconocer en
el movimiento mismo de la demanda. Demanda que hace del falo, justamente, eso
por lo que ha de ser puesto en entre-dicho lo que no se tiene sino
imaginariamente y de lo que el sujeto por virtud de lo reprimido ignora.
Ateniéndonos a esta función del falo podemos
distinguir las diversas estructuras que conformarán la mascarada imaginaria en
torno a la relación sexual y al goce inherente. No olvidemos que lo que
determina la forma emergente del deseo en el fantasma se manifiesta en esa
disyunción del ser respecto al tener que es la solución neurótica de la salida
del complejo de Edipo. En la Significación del Falo, Lacan dice que “Los hechos clínicos demuestran una relación
del sujeto con el falo que se establece independientemente de la diferencia
anatómica de los sexos”.
Podemos tomar la estructura perversa como ejemplo
paradigmático de lo que supone la escenificación de un fantasma en cuya máscara
encontramos la coagulación de un saber sobre el goce. El perverso es el que,
desde luego, sabe-gozar y hacer gozar al precio de una desmentida. Desmentida
que recae sobre la castración y que hace del sujeto perverso el falo que
enmascara la realidad de la falta. La máscara de la impostura que supone esta
renegación reside en el hecho de que lo que el perverso se obstina en desconocer
y desafiar es precisamente la diferencia sexual, ya que esto lo confrontaría con
la pérdida del falo que él supone encarnar para el Otro materno. Así, nos
encontramos ante la filiación imaginaria de un sujeto que sostiene su virilidad,
del lado masculino, en la medida en que, identificándose a una madre
todopoderosa y sobrevalorada, ésta se hace portadora del falo que él representa.
El equivoco suspendido en la dinámica del deseo recae sobre la condición de
ser-para el falo con lo que la cuestión acerca de lo que supone tenerlo queda
obturada. Este mecanismo defensivo que Freud definió como Verleugnun evidencia la salida imaginaria
por la que, y paradójicamente, es negado aquello que se afirma, es decir: la
castración. El perverso se imagina ser el Otro para asegurarse el goce, lo que
desconoce es que de esta manera él mismo es preso de la voluntad imperativa de
ese goce que lo captura como un instrumento a su servicio. La máscara perversa
presenta la apariencia inquebrantable del Amo-Verdugo y del saber hacer con el Otro, con el goce del
otro, con la falta recusada e insoportable del Otro en la castración. Es por la
Ley del Padre que el perverso existe, como todo sujeto neurótico, ya que no hay
sujeto que no lo sea de la ley. En la medida en que en el perverso presenta como
desafío transgresor su mascarada respecto a la posibilidad de gozar
ilimitadamente, es que reconoce a la Ley como aquello de lo que se debe renegar; es decir, el hecho de estar
castrado. Paradójicamente a lo que la máscara perversa nos muestra; la
trasgresión ofrecida a la mirada del Otro sólo es posible si él mismo es tomado
como víctima del Otro sometida a una ejecución inminente. La angustia por la
castración puede entonces ser escenificada de manera tal que el paso a un acto
suicida como el llevado a cabo por el escritor japonés Yukio Mishima represente
el golpe mortífero de la ley del Padre en el límite con el goce. Recordaré
brevemente aquellas palabras de Sade cuando al conocer su condena a muerte por
sodomía respondió: “Me cago en Dios” A eso quería yo llegar, ya estoy cubierto
de oprobio.” (Citado por Serge André, en La Impostura perversa). Con lo
que finalmente recibía de la Ley su propio advenimiento como sujeto fuera de la
Ley.
Del lado del obsesivo la cosa funciona de manera un
tanto diferente. Sabemos de la relación del obsesivo con la Ley del Padre,
conocemos ese tironeo que, en cierta forma, responde a una necesidad de medirse
con el ideal que representa pero guardándose muy bien (o muy mal en el caso del
obsesivo) de no llegar a igualarse a él, so pena de destruir aquello que le
sostiene. Preservar el ideal, proteger el espacio sagrado del deseo que se le
impone, salvaguardar el honor al precio de la muerte, tener a la muerte como ese
imposible que el imaginario vincula con el goce-todo. Esas máscaras
estereotípicas que el obsesivo se esfuerza es representar son tanto más
evidentes por cuanto lo que esconden es precisamente lo contrario de lo que
aparentan. El deseo no puede ser reconocido como tal, como algo sucio,
embarrado, cagado, si me lo permiten, en esa obstinación del obsesivo en
mantenerse a toda costa fuera del registro de la castración. La manera de
vincularse a los ideales más nobles, a las causas más justas (la justicia
unilateral del obsesivo, claro está), el sometimiento a un orden inquebrantable;
todas esas apariencias en las que se hace representar por máscaras que anticipan
la apariencia de dominio del saber, del saber sobre el objeto causa del deseo
que lo atormenta porque no logra
dominarlo, mantenerlo a distancia suficiente, aunque se esfuerce en ese propósito. Que el objeto
no condescienda al registro del deseo, que todo este “muerto”, que nada falte
allí donde el sujeto habla por voz del Otro. Vemos la dificultad del obsesivo en
separarse de la necesidad para articular su deseo en el registro de la demanda,
lo que del Otro viene por hacerle falta es lo que el obsesivo pretende eludir.
Esta recusación de la Ley es, paradójicamente, disimulada por el ideal de
justicia, de “ley” que el obsesivo exige para sí mismo y para los demás,
evidenciando claramente que esta exigencia es un movimiento de contrabalanceo,
de equilibrio para no llegar hasta el final, para no gozar fuera de la ley. Los
actos compulsivos figurados en las ritualizaciones, gestos profilácticos,
conjuraciones, anulaciones del pensamiento o de la acción, escrupulosidad
desmedida frente a lo que amenaza la pureza del sujeto “que la mierda no llegue
al cuello” diría el obsesivo, enmascaran el impulso irrefrenable, la coerción de una voluntad de goce que
penetra por la fuerza a pesar de todas las
precauciones; esas máscaras para las que el obsesivo se entrega a una
servidumbre voluntaria intentando que nada pase, penetre allí donde él cree
saber sobre su dominio. Pese a la convicción con que el obsesivo muestra la
verdad de estas máscaras, pese a esa apariencia de certidumbre, lo dijimos al
principio, sobre el saber, la duda le atormenta, no le deja descansar. Esa duda
que le empuja a reasegurarse compulsivamente de que allí no falta nada, de que
él es el Falo que es necesario que haya, aunque haga falta que no para poder
tomarlo, claro está, del Padre. De hecho porque la duda insiste de esa forma tan
beligerante, es que existe certeza sobre la castración. Por esa insuficiencia de
lo simbólico, la muerte del Padre muerto, el muerto que está, de hecho, vivo,
como diría Melman, aparece en el Real como amenaza reiterada de lo que ya se ha
producido. Aunque esta castración ocurre de manera deficitaria, ese corte limpio que sabemos le falta al
obsesivo del lado del Padre. De ahí la
insistencia, no bien la imago paterna es reactivada, del obsesivo por medirse en
todos los desafíos y luchas de prestigio, en todas las afrentas que lo convoquen
a demostrar que él posee lo que del Amo codicia, sin saberlo: la verdad sobre el
goce de ser el objeto del deseo del Otro omnipotente. Este desafío, sin embargo,
es puesto en escena para asegurar la imposibilidad de la conquista, su fracaso.
Así por un lado, el obsesivo se somete a la Ley que lo mantiene a distancia del
goce mortífero y por el otro la Ley es transgredida para gozar al precio de ser
culpable. Compulsión que manifiesta en el obsesivo el valor de máscara del goce
en la estructura significante del sujeto. En palabras de Deleuze: “El verdadero sujeto de la repetición es la
máscara. Porque la repetición difiere de la representación, lo repetido no puede
ser representado, sino que debe ser siempre significado, enmascarado por lo que
significa, enmascarando, a su vez, lo que significa.”
Dentro del conjunto de estructuras que se definen en
relación a la palabra encontramos a uno de ellos que merece especial atención en
su relación con la sexualidad. El enfermo psicótico es, según nos dice Lacan en
“L’Etourdit”, (El Atolondradicho), un fuera de discurso. Porque el decir del
psicótico no hace lazo social y este es un hecho que a todos nos resulta
evidente.
El psicótico no se puede ubicar en ninguno de los 4
discursos con los que Lacan define los 4 modos posibles de relación con el
significante cuando la proporción sexual es imposible. Lacan no se cansó de
repetir, como saben y dije mas arriba, que no hay relación
sexual.
El psicótico es un “fuera de discurso”, en el
sentido lacaniano, porque se ubica en el discurso del Amo como Amo mismo. Y este
discurso, discurso base, inaugural, se caracteriza porque el lugar del Amo está
vacío. Es un lugar vacío. En el discurso del Amo, son los esclavos, los otros y
no el Amo, los que hacen lazo social, así como en el discurso analítico el lazo
social se efectúa entre el analista y el
analizante, y no entre analistas. Eso explicaría, junto a otros elementos, que
no vienen al caso ahora, porqué no es posible que funcione una Sociedad
Analítica. Si el psicótico, como decimos, no hace lazo social, ¿como podemos
hablar del amor o del sexo en esta patología, en esta
estructura?
Lacan gusta de usar una expresión muy singular, sin
embargo, al hablar reiteradamente de
“el eros del psicótico”. La psicosis es una enfermedad de la relación simbólica,
no de la relación de objeto tal como la entendemos en un sentido imaginario y
como la descubrimos en los neuróticos. Sin embargo, en los Escritos,
Lacan nos dice que la relación imaginaria está sostenida y apoyada por la
relación simbólica. Es que no es posible que el narcisismo pueda sostenerse sin el concurso del Otro. En
el campo del amor se ponen en juego tanto el otro, como objeto especular, como
la relación con el Otro.
Al amor en la psicosis nos podemos aproximar, si lo
entendemos a partir de lo que denominamos fenómenos erotomaníacos. Y esto fue
entendido así desde hace muchos años. Desde antiguo se estudiaba lo que se
denominaban psicosis “pasionales”, en relación con aquellas por todos nosotros
conocidas como paranoias. Este es un punto donde se nos plantean varios
problemas que debemos analizar por separado. En primer lugar, de diagnóstico
diferencial con la Histeria, con las “locas pasiones” de la
histeria.
Otro problema a tener en cuenta es el de la
problemática homosexual, que en Freud es la hipótesis fundamental que explicaría
la enfermedad en el caso Schreber por todos conocido y en Lacan es mencionada
como “erotomanía divina”, ya que el maestro francés se esfuerza en separar este
tema en los neuróticos y los psicóticos. La cuestión erotómana y la pasión en
los neuróticos y psicóticos.
Y por fin otro tema fundamental : la transferencia.
En la Clínica, pero no sólo allí. En la transferencia con los psicóticos hay
muchas razones para pensar que hay una fuerza, un impulso dirigido hacia la
erotomanía.
Cuando investigamos en nuestros pacientes y en la
literatura sobre el tema del amor nos encontramos con aquello que pone en
relación permanentemente los problemas de la salud mental con la cuestión del
sexo.
Freud piensa que la neurosis, la psicosis y, por
cuestiones obvias, también las perversiones, como hemos visto, son enfermedades
ligadas al problema del sexo, a la represión o a otro tipo de intervención sobre
el goce.
Como saben y dije más arriba, la postura de Freud
consiste en situar el “complejo de castración”, siempre dentro del contexto del
edificio edípico, como explicación central de las neurosis. Posteriormente,
intentó aplicar este mismo modelo a las psicosis. Lacan, sin embargo, nos
explica la castración utilizando el registro simbólico, al descubrir y utilizar
la función que cumple el significante “Nombre del Padre”. Y, cuando aborda las
psicosis no lo hace por analogía con las neurosis, como lo hacía Freud, sino por
su diferencia.
En la psicosis lo que hay es “incomparecencia de la
castración”, que es como debemos traducir para ser certeros el concepto de
Forclusión del Nombre del Padre.
Las consecuencias que trae esta incomparecencia
sobre la función fálica en el nivel de la relación erótica con el Otro es
determinante ya que ubica el postulado central sobre el que girará toda la
estructura.
Existen múltiples y diversas consecuencias, no sólo
sobre el registro imaginario, no sólo sobre el lazo con el Otro, no sólo sobre
la unión de los afectos en general, sino sobre el goce del cuerpo. El afecto es
la consecuencia en el sujeto del hecho de que el cuerpo esté impresionado en su
goce por el registro de lo simbólico. Y como sabemos desde Lacan, el cuerpo es
el yo del sujeto. Ahora bien, este lazo gozado con el Otro, se exterioriza a
nivel de la psicosis y, siguiendo la tradición psiquiátrica, como erotomanía. La
erotomanía, esta cierta lujuria, se presenta como un postulado sobre el otro y
esto se da con un grado de certidumbre en el que no cabe duda ni pregunta
alguna, la afirmación es contundente, “el otro me ama”. Lo que se desconoce en
la neurosis aflora en la psicosis en el plano de los fenómenos, lo tenemos
delante nuestro.
En la neurosis, el fantasma nunca es reconocido,
siempre está presente pero escapa a la comprensión del sujeto. Y a la nuestra si
no afinamos la escucha. En la psicosis el fantasma está presente en los
fenómenos mismos. Casi podríamos decir que “salta a la vista”. Resulta
evidente.
Lacan nos habla de una segunda forma que puede
adoptar la erotomanía y lo hace cuando describe el caso “Aimée”. En este caso la
fórmula “el otro me ama” es sustituida por “amo al otro”. La diferencia de esta
segunda representación con las neurosis estribaría en la “cualidad” del objeto
elegido. Pero lo más complejo de distinguir es su diferencia con la Histeria,
como les dije antes, al hacer prevalecer esta última estructura una específica
relación con el Amo.
Porque lo que define al sujeto histérico es, entre
otras cosas, su lazo con un significante-Amo que está encarnado primeramente en
una persona, y en estos sujetos solemos encontrarnos incluso con esa convicción,
con ese convencimiento. Convicción, que no certeza. El problema está en hacer la
distinción con la posición erotomaníaca. El rasgo psicótico por excelencia es la
certidumbre. Es la seguridad. No siempre es fácil distinguir la certidumbre de
la convicción neurótica. La convicción nos habla de creencia. Para el psicótico
existe una certeza respecto del Otro. Es algo más fijo, más consolidado que un
saber, algo más estable, porque un saber siempre puede ser recusado por otro
saber. Una certeza verdadera no se recusa. No se rechaza. No tiene la
posibilidad de entrar en una dialéctica que nos abriría las puertas a su
cuestionamiento.
En el caso de la erotomanía, el rasgo clínico de la
certidumbre es aquél del que el sujeto casi no habla. Lo da por supuesto. Eso es
así. La histérica si habla. Justifica sus convicciones. Sus creencias. El
erotomaníaco es extremadamente lógico, intenta explicar a partir de su certeza
el porqué el objeto no viene en su dirección. En la Histeria hay Otro barrado,
tachado, en la psicosis un Otro entero.
En “Subversión del sujeto….” vemos que la posición
del sujeto histérico en el fantasma es la de ponerse del lado del objeto. El
erotomaníaco no puede hacer esta operación, este ejercicio. Está ligado como
objeto al Otro no tachado. La histérica se ubica como el psicótico, también en
el fantasma con un Otro al que supone prestigioso, acreditado, pero lo hace del
lado del objeto y para sustraerse a él. En el fantasma de seducción, propio de
esta estructura, se ve muy bien el postulado “me ama” o, mejor aún, “me quiso”.
Lo escuchamos casi a diario. El histérico se hace huidizo en la realidad o en el
fantasma. Seduce al Otro y se escapa, en lo Real o en lo
Imaginario.
El histérico cree. La creencia es la transcripción
fenomenológica de la división del sujeto. Porque en la histeria hay división del
sujeto. Sólo hay un lugar para la creencia, cuando uno está dividido.
Podemos ligar la creencia con muchos fenómenos, como
la mitomanía, tomando un ejemplo, o con la capacidad de inventar, que es tan
ajustada y particular para el sujeto neurótico y no lo es del
psicótico.
El verdadero psicótico no inventa nada, es
extremadamente lógico, deduce, intenta esbozar una explicación, pero lo suyo es
teorizar, es especular sobre lo que se le impone como certeza, como evidencia. Y
para ello construye un delirio. Intenta recuperar de esa manera la
realidad.
Pero si tratamos de introducirnos en las máscaras de
la sexualidad tal como se nos aparecen en lo imaginario dentro del universo
neurótico, donde aparece la relación con el Otro como barrado, debemos
diferenciar con suma claridad el amor del deseo. El amor es oblativo, lo da
“todo”, es sacrificial. El amor no está interesado por los objetos que el otro
pueda dar. El amor se abastece de nada. Entonces los pacientes que escuchamos en
el diván nos enseñan que hay una escisión entre la tendencia amorosa y la
tendencia al deseo. Los analistas debemos tener en cuenta que el amor en tanto
dador, sacrificial, está preparado para todos los sacrificios. Para cualquier
sacrificio. El amor es abnegado. Incluso para aquellos sacrificios que
constituyeron el fondo de la neurosis misma del sujeto, es decir, los objetos
del deseo que tuvieron que ser dejados atrás por la represión. En el amor, si no
puedo tener a quien quiero, a aquello que quiero, puedo aceptar no tenerlo. No
es que el deseo no se abastezca de objetos, sino que el deseo no contempla el
sacrificio ni como posibilidad.
En el fondo del deseo lo que está planteado es el
problema del goce con respecto al objeto. Esto nos introduce en un nuevo
problema, en un nuevo síntoma: la impotencia. Freud nos dice que la impotencia
se puede explicar por la escisión entre estas dos tendencias, al amor, por una
parte, el deseo, por otra. Esto se juega así por causa del tabú al incesto, que
se produce a partir de la pubertad y que el sujeto instaura como norma social. A
partir de allí, los objetos que el sujeto podrá darse se los dará sobre el
modelo de la madre. La ley del incesto lo prohibe y las dos corrientes terminan
por escindir el objeto Madre. La madre queda como modelo de objeto sexual
sobrevalorado, el correspondiente a la tendencia del amor. Así, para acceder a
los objetos del deseo, el sujeto deberá transgredir la ley de prohibición del
incesto, es decir, juntar las dos tendencias. Y lo que ocurre es que, en la
medida que encuentre en los objetos sexuales algún estigma o recuerdo del objeto
sobrevalorado, por esta ley, no puede tener acceso a ellos. Todo hombre, en
algún momento de su vida ha sido impotente, ha tenido el problema de que se unan
las dos tendencias. Esto que digo no pretende dar cuenta de la impotencia en
general, de todos los casos de impotencia, pero es algo a tener muy en
cuenta.
Es muy difícil, cuando hay una pérdida de objeto,
(en el caso de una separación o abandono), al sufrir una decepción narcisista,
volver a darse objetos sexuales. Porque en rigor de verdad, es la posición
narcisista la que sostiene la libido de objeto. Entonces, cuando una persona
mantiene una relación de amor con otra durante mucho tiempo, sobre todo si está
acostumbrada a acostarse solamente con esa persona, en el momento que se separa
le va a ser difícil acostarse con otra. Y, en primer lugar, a ese sentimiento de
dificultad, que en el hombre puede ser de impotencia, se le agrega seguramente
un sentimiento de auto desvalorización. Por lo tanto debe pasar un tiempo hasta
que por nuevas relaciones con objetos se produzca una revalorización narcisista
y se pueda mantener de nuevo relaciones sexuales. Primero me tengo que gustar a
mi mismo para después tener relaciones.
Cuando uno pierde un objeto sobrevalorado, lo que
pierde es la relación con la madre amada que asegura su narcisismo.
La operación que se produce en la pérdida de los
objetos amorosos, lo que se podría llamar trabajo de duelo, es precisamente una
operación de negación de la identidad del otro. Aquél que era lo único para mi,
ya no lo es. Sólo entonces recupero la libido. Lo que ahora se dice el sujeto es
que María, que era nada menos que María, no es más María. Es una entre
otras.
Lo que se da por llamar, paso del tiempo, es una
negación de la identidad, de la esencialidad, de lo que para uno era especial en
el objeto: entonces se vuelve banal, insustancial.
Pero hay duelos patológicos. Como sucede con la
operación de duelo que hace el Melancólico al intentar rescatar la libido del
objeto que ya no está. Esto ocurre porque el objeto del Melancólico no era un
verdadero objeto, sino una pesada elección narcisista de objeto. Lo que no puede
soportar el melancólico es que el objeto perdido era él mismo. Lo único que
puede hacer es identificarse con el objeto y apropiarse globalmente,
masivamente, de él. La cualidad de los objetos, como lo mencioné mas arriba
cuando hablaba de psicosis, de objetos profundamente narcisistas, sería un punto
fundamental para explicar la melancolía. Si puede hacerse un duelo, eso quiere
decir que en verdad la libido objetal era objetal. Si no puede hacerse, es que
la libido objetal era pesadamente narcisista. El melancólico introyecta,
incorpora el objeto basado en una identificación. Para saber si estamos frente a
un melancólico, la prueba es escucharlo, examinar los reproches que se hace o
que hace y atender a los contenidos de esos reproches. Veremos que no se
corresponden con su realidad propia. Los temas del melancólico surgen de los
reproches dirigidos a sus objetos narcisistas.
Pero volviendo a las dos tendencias que marcan o
definen la vida erótica, encontramos un primer caso en esos hombres que se casan
con mujeres que sobrevaloran, pero desean a otras. El otro caso sería la
impotencia.
Tendríamos en el primero un acercamiento a los
objetos degradados, objetos que surgen, que de alguna manera tienen que ver con
la negación de la diferencia de los sexos y de pronto se tornan objetos aptos
para el goce. Son objetos degradados y no
sobrevalorados.
Las estructuras que estamos construyendo, que vamos
hilvanando, son trabajadas una a una. No siempre pueden generalizarse, menos aún
cuando se trata de hombres o mujeres.
Uno de los modelos del objeto degradado sería el
objeto fetiche. Y se sabe que esto es bastante improbable en la mujer. El
fetichismo dice Freud, es en el hombre una defensa contra la homosexualidad. Es
el objeto que viene en lugar del pene que le falta a la madre. Allí donde
debiera haber un objeto, el sujeto pone ahora un trozo de tela. Este trozo de
tela simboliza el pene de la madre. Al encontrar el objeto que remplaza al pene
materno, el sujeto hace de la mujer algo soportable y elude por este camino la
homosexualidad. El objeto fetiche se asemeja al pene en el hecho de que está en
lo Real, existe. El fetichista encuentra en el objeto lo que la mujer no tiene,
que es lo que en verdad le perturba de ella. Pero la mujer, no necesita de esto,
porque lo encuentra en el hombre. Tal vez por ello sea cierto, como nos agrada
decir repitiendo a Lacan: la relación sexual no
existe.