5.1 (T) María Carmela GURNARI: Un caso de celos femeninos

 

Luana es una mujer joven de 34 años, que llega al Servicio territorial donde trabajo, luego de un breve período de internación en el reparto psiquiátrico del hospital zonal. La recibo para realizar una entrevista y ella entra junto con el marido. En la historia clínica se lee: “El pasado viernes, la paciente viajaba en su automóvil, junto con las hijas y el marido. Después de la enésima pelea, él desciende del auto, se tiende frente al parachoques gritando e invitando a la mujer a que lo embista.”

Un policía ve la escena y solicita la intervención del Servicio psiquiátrico, el cual decide ingresar al marido por haber manifestado la intención de autolesionarse. A pesar de la internación de éste, la paciente continúa comportándose con él en modo agresivo. Lo visita en el hospital en horarios de lo mas extraños, acusándolo de traicionarla incluso durante dicho período.

Una de las veces en las que la paciente concurre a las seis de la mañana, el servicio procede a la internación de la mujer contra su voluntad, pasando entonces a ocupar el lugar de él.

La familia, cuando es convocada al reparto, describe a la pareja como “problemática”: Desde hace tres o cuatro años, paralelamente a diversos viajes que debe realizar el marido por motivos laborales, la paciente comienza a manifestar cierto tipo de comportamientos, mientras que él se encontró con dificultades de tipo laboral, además de una acentuación de síntomas de tipo “hipocondríaco”(advertidos sobre todo en la zona inguinal, donde había sufrido una intervención quirúrgica debido a una hernia), trastornos que, de tanto en tanto, pero siempre de noche, lo obligaban a concurrir a la guardia del hospital para ser tranquilizado.

Luana presenta un aspecto femenino, el rostro es gracioso y agradable, mientras que un cierto exceso de grasa corporal agrava y esconde parcialmente su figura. Es alta, viste en modo simple, casi siempre con pantalones y sin maquillaje. No lleva ningún accesorio que de la idea de buscar la mirada del otro. Sólo sus ojos manifiestan cierta vivacidad que captura la atención de su interlocutor. El marido es un hombre alto, delgado, con cierto atractivo.

La pareja cuenta que los problemas comienzan cuando inmediatamente después del matrimonio, van a vivir, primero con los padres de ella, para luego habitar una casa de su propiedad. La situación se agrava a partir de un trabajo independiente iniciado por el marido, después del fracaso comercial de un negocio que habían abierto juntos.

Con el trascurso de algunas entrevistas, Luana se muestra más colaboradora y los encuentros se suceden sin la presencia de Ricardo, aunque si, por poco tiempo, este continúa acompañándola, esperando afuera.

El tema sexual es abordado de pronto, de modo explícito y sentido, pudiéndose entrever debajo de la tonalidad reivindicativa de su discurso, una profunda sensación de inadecuación:

“Trataba de entender qué cosa era el sexo, qué cosa induce al sexo, pero no entendía nada, no pude a pesar de intentarlo… Ni siquiera me sirvió mirar películas porno, o ver hacer el amor en televisión, traté de imitarlo pero nunca lo logré. Por más que use el mismo lápiz labial, ese lápiz labial, los modos no son los míos, no soy yo”.

 No es ella, pero puede ser, por ejemplo Moana Pozzi, famosa pornostar que se expone con desenvoltura incluso en televisión, para luego en las entrevistas, hacer comentarios que involucran su vida privada. Luana se pregunta: “¿Cómo puede ella conciliar todo este sexo exhibido con el hecho de tener un hijo? ¿Cuánto coraje se necesita para continuar la propia existencia, expuesta a la mirada de todos, sin sentirse desnuda también en su vida cotidiana? Es difícil vivir siendo una prostituta a la vista... en la entrevista, Moana dice que “le gusta gustar”. Me da curiosidad el hecho de que pueda ser un tipo de personalidad que no se deshace. Yo, en una situación de ese tipo me encerraría dentro casa: te sientes siempre observada”.

De hecho Luana después de la primaria, no quiso continuar asistiendo a la escuela, y fue dejada en casa sin ningún tipo de problema. A los dieciséis años, gracias a ser animada por el marido y por una pareja de amigos, logra finalizar sus estudios, rindiendo exámenes para los cuales estudió de modo privado. Es la última de 5 hijos: dos hermanas mujeres y dos varones. Ella es “La pequeña de la casa”.

Su discurso oscila entre la perplejidad de una cierta modalidad interrogante, a la denuncia de una persecución ligada al hecho de sentirse expuesta a provocaciones. Cuando, por ejemplo, una mujer que se encuentra en un automóvil al lado del de Luana, recibe una llamada telefónico y exclama: “Ah! Hola!”, ella piensa inmediatamente que dicha mujer disimula que el que la llama es el marido de Luana, en tanto ella se aleja. De este modo, cuando él regresa, Luana lo llena rabiosamente de insultos.

Tomar al marido como blanco de su agresividad, parecería indicar una escena de celos; pero ¿por qué pensar que la mujer “fingiese”? ¿Es un “fingir” que forma parte de la mascarada femenina? Entonces esta puesta en escena es propiamente dirigida a ella misma, es para “engancharse ella”, considerándose por lo tanto, una provocación.

En esta violencia que se exterioriza a través de los celos, Luana muestra la irracionalidad y la irreductibilidad del delirio. Ella dice: “Es como si, en realidad, la mujer recibiese la llamada de mi marido”. En este como si, falta la certeza de la psicosis. Se encuentra sin embargo la alusión, enunciada por la misma paciente.

En el día de hoy, antes de entrar en sesión, Luana comienza a protestar contra el marido en el pasillo, vociferando porque éste, cuando fueron a la playa, le escupió agua de mar en la barriga…“¡es un maleducado!” Afirma categóricamente y prosigue: “Hoy salí a la calle y un retrasado mental con un automóvil aplastó una botella y me salpicó toda la cara… ¡una pesadilla! ¿Qué cosa es esta asquerosidad? Lo importante es que no me lo haga justo en la cara! (el marido… la escena…)

Otra provocación! Juntamente, mientras aún estaba en la casa, Luana sintió un ruido en el salón, una especie de “chasquido de dedos” como lo define, cosa que la llevó a pensar inmediatamente que el marido, en vez de ir a trabajar, en realidad se detuvo a besarse con alguna, sintiéndose horrorizada ante la posibilidad de que la hija menor pudiese presenciarlo: “Supongamos que Elizabetta vea una escena de este tipo…Una cosa así se puede hacer en el parque… Si lo quiere hacer, puede igualmente sin hacérmelo saber…”

Al fin de cuentas, Luana quiere o no quiere saber. ¿Qué saber es el que está en juego? Y en tal caso, eso que él quisiera hacerle saber se transforma en una escena horrible y desagradable de ver para la niña. Paralelamente a la cuestión del saber reaparece la cuestión de la mirada y Luana se pregunta: “¿Tengo derecho o no a reaccionar como quiero? ¿Tengo que soportar también esto? El marido que ve otras mujeres, que se besa con otras mujeres. Soporto la alusión porque no lo vi…pero si lo veo ¡me voy de verdad con los niños y ahí se queda!”.

Luana conserva entonces la incertidumbre, manteniendo un cierto beneficio de la duda. La certeza aparece en ella, más bien como una aspiración que se declara como objetivo imposible, propio del carácter irracional de su búsqueda.

Lo que sus celos denuncian es la implicación y al mismo tiempo la exclusión de una escena que la angustia. Toda su atención se dirige a espiar los signos de la presencia de otra mujer: colegas del marido de las que Luana busca afanosamente las huellas (algún cabello, alguna mancha de lápiz labial en su camisa), miradas de mujeres que pasan y que se cruzan con la mirada de éste, hasta llegar al punto de su discurso en el que se impone con todo su peso la figura de la hermana. Se trata de la hermana 10 años mayor y que Luana veía casi “como una mamá”, manteniendo con ella una relación de dependencia y admiración. Su hermana ahora le suscita todo el desdén y la rabia, en tanto culpable de seducir sin escrúpulos a un “ragazzino”, vale decir, su marido, y es justamente en el transcurso de esta violenta celotipia que ella es internada siendo diagnosticada como un caso de psicosis pasional.

En sesión, Luana se pregunta: “¿es justamente ella, mi hermana Margherita, la mujer que vi pasar por debajo de mi ventana, en un carísimo y potente auto deportivo al lado de un hombre? ¿Cómo hace mi hermana para permitirse un auto de ese tipo si está con un hombre de modestos recursos?… Probablemente el auto era de Ricardo. Y ¿por qué pasa justamente debajo de mi ventana?

Ricardo es el marido de Luana y ella prosigue con su razonamiento: “Obviamente, yo no tengo la certeza, pero quisiera saber una cosa: si un día tuviera que detenerla, ¿tengo derecho o no a preguntarle por todo esto? Ella se esconde…, pero podría igualmente hacerse ver, podría ser una prostituta! Y yo no podría decirle nada! [al contrario del padre celoso que la esperaba a la noche cuando se hacía tarde para reprocharle y agredirla]. Si en lugar de ella fuera Ricardo, sí tendría el derecho de pedirle explicaciones! Lo que me pone de los nervios es que se hacen ver con una realidad, cuando yo conozco otra!”

Por lo tanto, hay algo que le viene mostrado, no obstante el disgusto que le provoca, donde el acento recae siempre sobre la cuestión de la alusión, que resuena nuevamente como una provocación dirigida a ella. Siguiendo el relato de Luana, se reconocen los vestigios de una escena de celos hacia la hermana, donde parecería ser que la presencia del marido le consiente de reivindicar las razones a las que alude. Éste aparece aquí como su representante, alguno que justifica su implicación, más que como objeto de deseo.

Según el relato de Luana, todo comenzó a partir de una frase que R. pronunció cuando trataba de convencer a su mujer para que se mudase de la casa de sus padres a aquella que es de su propiedad: “No quiero quedarme aquí, porque tú podrías venir a saber...”. Luana al sentir estas palabras, cae presa de una fuerte turbación que con dificultad puede controlar, pero desde entonces, nada fue como antes, la novedad incontrolable era el descubrimiento que el marido fuera capaz de traicionarla.

El simple hecho de tener que admitir esta posibilidad, era para Luana un auténtico cataclismo, el resquebrajamiento de un mundo infantil hecho de todas las ilusiones entre las cuales ella había crecido, un relato en línea con el mito bíblico de la expulsión del Jardín del Edén. Así describe ese momento en el cual debió abrir los ojos: “Me di cuenta imprevistamente que la persona con la cual estaba, habría podido tocar a alguien de mi familia, carne de mi carne, la hermana, una persona como yo!”.

Desde el momento que ella no sabe hacer con el sexo, la mujer del marido no puede ser otra que la hermana.

Después de un tormentoso y difícil período de trabajo, el cual se vio interrumpido por numerosas ausencias, y luego de haber desaparecido durante algunos meses, Luana me llama pidiendo una sesión. En todo este tiempo no ha vuelto a ver a la hermana.

En la primera entrevista luego de la interrupción, afirma: “Ayer por la mañana cuando me desperté, R tenía ojeras, miré al cielo y cuando las nubes se fueron, se formó una línea negra delante de la luna. Pensé que se debía a que alguno me quisiera advertir, decir alguna cosa…las líneas las asocio a los celos y a la envidia. R. tenía ojeras y pensé: quizá esta noche se fue con otra, y alguno desde arriba me dice que no tengo que ser celosa o más bien me predice que estaré celosa durante la jornada. El ser anticipada me mandó en crisis. Quizá exista alguna cosa en mi carácter que debe ser controlada”.

La escena no se desenvuelve más debajo de sus ojos, en una proximidad en la cual, al mismo tiempo se ve excluida. Ahora es aludida con una modalidad más mediatizada, evocada a través de signos que el marido muestra, al despertarse, sobre el rostro y cuello. Dentro de esta vía, el tono de su discurso se hace más tranquilo y Luana me dice: “Ahora he comenzado a pintar, me calma muchísimo, lo hago bien. Pinto porque debo colmar una sensación de falta, prefiero esto a tener una relación con otra persona que después se convertiría en otra relación como la que tengo con Ricardo.

“Siento que algo me falta, R. no me quiere y me pregunto si es justo encontrar algo para hacer, como para colmar esta... no sé si definirla falta o más bien sufrimiento. Me pregunto si también la pintura, cuando te gusta demasiado, se puede convertir en una enfermedad, una forma de dependencia. No debo exceder, por ejemplo, la afición que R tiene por la música, su queja por no haber llegado a ser un músico a veces es morbosa... entonces esconde algún otro tipo de falta, ese placer por la música es una falta, y lo mismo vale para cualquier otro tipo de pasión. Lo que me perturba es el hecho de decir: yo pinto, pero el hacer el amor con mi marido me daría más satisfacción. No quisiera pintar demasiado para esconder una falta”.

¿De qué falta habla Luana con tanta insistencia? ¿Se trata de la falta de la falta, es decir, de un defecto de simbolización que, frente a la ausencia real del marido, se ve obligada a hacer síntoma, en la tentativa de crearse con el delirio de celos, una suplencia? ¿o más bien se trata de aquella ausencia que anima el simbólico, de esa falta en ser que habita al sujeto, al sujeto del deseo que viene en primer plano, justo cuando ella pierde la presencia continua de él? En este segundo caso, el marido sería para ella un objeto de identificación, es decir un soporte del yo contra la evanescencia del sujeto del deseo. Con respecto a esta incertidumbre, se juega toda la ambigüedad del caso de Luana.

         Luana prosigue diciendo con tono desolado: “ninguno me da una respuesta, ninguno me da una verdad”.

Esta admisión de una verdad que ninguno puede darle, ni siquiera Dios, aparece en contraste con la insistencia de este significante que se escucha repetidamente en sus reflexiones, siempre en  términos de una “omnipotencia” (es ella misma que la llama así), que interviene para explicar aquello que no puede ser explicado y con lo cual Luana choca constantemente según sus consideraciones sobre la vida, el amor y la muerte.

Podemos decir propósito de esto, que en el período de ausencia del Servicio, como alternativa al analista, Luana ha preferido consultar a un padre confesor, a fin de recibir explicaciones y consejos sobre aquello que le sucede. Entonces me pregunto si este lamento relativo a la verdad y a la respuesta no recibida, roza el hecho de admitir la imposibilidad de acceder a un Saber, que equivale a decir que no hay un saber, y que sea por lo tanto una tentativa de confrontarse con el Otro barrado.

           Pero después, Luana continúa para lamentarse de la timidez y el embarazo que R muestra hasta para darle un beso, preguntándose: “Está peor conmigo que con ella? Si lo pienso mientras estoy haciendo el amor, me vuelvo frígida. Yo soy más gordita, tal vez su amante sea más delgada, yo no me pongo accesorios, su amante lo hace: braguitas sexy, medias, yo no soy muy juiciosa, nunca me puse un liguero.

Podemos decir entonces que “hay un saber”, que en este caso no pertenece a Dios, sino a la otra mujer, se trata del saber sobre qué cosa quiere un hombre. Luana con respecto al tema, no es muy “juiciosa”, es decir no posee el razonamiento para entender ¿qué cosa? entender ¿qué cosa es un liguero? Podría sonar como un interrogarse sobre ¿qué cosa es una mujer? Pero Luana no puede preguntarse esto en primera persona, si se trata de interrogar propósito de esto el deseo masculino, es la hermana la que es colocada en la posición de maître:

           “Si hablase con Marghetita, ella me enseñaría algo más, ella está más preparada, me decía: hay cosas que a los hombres les gustan más que otras, prefieren a las mujeres prósperas y tónicas que aquellas simples, dulces, bonitas. Yo no estoy preparada, cuando éramos novios con R, para ir a la discoteca, mi hermana y sus amigas me maquillaban. Al inicio era una obsesión, no había entendido cuál era mi dimensión, el modo justo de asociar mi feminidad y mi personalidad, que no debía ser ni demasiado sexy, ni demasiado masculina. Un justo acuerdo debe estar en todas las mujeres: cada mujer tiene que tener la vanidad de vestirse con un pantalón estrecho y de maquillarse, pero no en modo extremo, porque si se es demasiado femenina, no es ni siquiera ella misma, y esconde alguna otra cosa, se trata de una máscara que esconde alguna psicosis”.

Teniendo en cuenta  lo escrito por C. Millot: “desde el momento que falta en el inconsciente el significante de la feminidad, la mujer es, más que el hombre, cosignada al Imaginario, faltando el soporte simbólico, ella deviene más dependiente de la imagen y por lo tanto se encuentra más cerca de la psicosis. O más bien podemos sentirnos autorizados a pensar que exista una cierta modalidad específica de la posición femenina de acceso a la psicosis, una modalidad que presenta cierta ambigüedad con la histeria.

 Luana continúa: “Si hay un joven o una joven que se viste demasiado masculino, tal vez haya padecido violencia cuando era pequeño” y comienza a hablar de la hija mayor: “Eleonora, como todas las jóvenes de su edad (14 años), si se la deja estar, se abandona demasiado a la masculinidad. Lo hacen para defenderse de los varones, por miedo a que le gasten bromas. Los varones tiran agua, prenden fuego a los cabellos, lo hacen para llamar la atención. Yo trato de controlar todo esto porque lo viví en mí. Si me gastaban bromas con maldad, tenía la tendencia a vestirme como un varoncito. Pero todo esto no es justo, me castigaba a mí misma. Yo era una joven bonita, quiero que Eleonora lo entienda y supere todo esto como no supe hacerlo yo, que lo viví autodestruyéndome. Me decían que era bonita, pero que no sabía hablar, discutir sobre política. Yo entonces trataba de informarme, pero no bastaba nunca, era siempre poco. Cogía los vestidos de mis hermanas porque no tenía los míos, o mejor aún, aquellos que tenía eran de varoncito. Aquí está la falta, no la frustración. Cuando miro aquellas fotos, me agarra la melancolía por no haber tenido aquellas cosas.

Nuevamente la cuestión de la falta, esta vez denunciada en el fracaso de la mascarada femenina. Ciertamente, si la máscara en su función de fetiche, sirve para cubrir la falta de la mujer, también es cierto que en su carácter postizo de presencia exhibida en exceso, la máscara sirve justamente para representar el hecho de que alguna cosa falta. Por lo tanto la evocación del objeto del deseo que ella trata de suscitar, confronta al sujeto con la “falta en ser” que lo habita, aquella falta que ni la pintura, ni la relación sexual pueden colmar.

Es por ello que, vistiendo con minifalda y maquillándose de mujer, Luana suscitaba  una reacción de desprecio por parte de los compañeros de escuela. Para ellos, era una cuestión de “legítima defensa”, ya que confrontarse con el objeto de deseo equivale a rendir cuentas con la propia falta y los adolescentes por sentirse inadecuados, encuentran como solución el tratar de proyectar esta sensación de inadecuación sobre el propio objeto que la ha suscitado. A través de esta vía Luana encuentra, en el recuerdo de aquella agresión y en el desinterés del marido, una razón para su renuncia:

 “Me deshice del portaligas que mi hermana me había prestado, no quería verme desde un punto de vista sexy. Esto no quiere decir que no me gusten esas cosas. Tal vez R me desanimó... Puede ser que él me viese incómoda con ese atuendo, para mí era indispensable gustarle, costara lo que costara”.

Gustar como Moana Pozzi, travestirse de Moana Pozzi, imitar la máscara, travistiéndose de mujer que se traviste. El fracaso de esta máscara de Luana, testimonia tal vez la dificultad de hacer las cuentas con la falta que la mascarada devela justamente en su función de velo.

Actualmente, es siempre ella que le pide al marido para hacer el amor, ahora que ella no debe “llevar a buen término la esfera sexual como si se tratase de los deberes de la escuela”, ahora que no vive ya el sexo como una obsesión a cumplir. Luana se reprocha con cierto deje de tristeza la diferencia entre presente y  pasado: “en ese entonces observaba a mi hermana, aquello que he asimilado de ella se ha esfumado, me divertía, era un modo de estar con ellas (La hermana y sus amigas)”

           ¿A quién pertenece la mirada evocada? ¿Es tal vez aquella de un hombre que mira una mujer? ¿En qué posición se encontraba Luana, con la hermana y las amigas incluidas, en ese contexto femenino que trataba de capturar con la mirada y por otra parte, de quién trataba de capturar la mirada? En todo caso, Luana se encontró luego a solas con el marido y quizá este escenario perdido es lo que su delirio trata de reanimar:

           “Sobre aquellas cosas que pensaba poder vivir, decía: si mi hermana me diera consejos sobre cómo presentarme con R, él quedará fulgurado, pero si él no se sintió nunca así, si él no se expresa, yo no puedo jugar sola. A veces, está hasta dos o tres días sin abrazarme y si lo hago yo, se siente sofocado, es un rival. Esto es una cosa que justifica mis celos exagerados, la envidia. Si dice que hasta los ángeles se ensucian, para mí es esencial, indispensable vivir el amor. Es fácil cuando puedes hacer ciertas cosas por imitación, eres como una esponja que se hincha, absorbe las cosas y las reproduce como un pequeño ordenador. Pero cuando buscas asimilar aquellas cosas en tu carácter, entiendes que no estás, que no hay equilibrio, entonces debes tirar todo fuera, la esponja se debe deshinchar y perder todas estas cosas.

La falsa máscara no puede más que fracasar, y siguiendo lo que Luana declara, cuando el marido se sustrae al rol asignado, R deviene un rival, dejándola presa de los celos o, más precisamente a la envidia. Parece una lúcida descripción de la identificación imaginaria, aquella frente al espejo: el otro, en la posición de alter-ego, cuando se aleja sustrayéndose al control, suscita la reacción agresiva del sujeto, es como si, alejándose, se llevase del sujeto el propio yo, evidenciándose la alienación .

Y todavía, Luana admite cosas que hacen pensar que exista un simbólico que ha operado en ella, en la tentativa de medirse con la castración, si el marido no la desea, es a Luana que le falta alguna cosa, entonces la falta la involucra: 

 “Mi marido no me desea sexualmente, esto quiere decir que yo no fui capaz. Esto se transforma en un dolor insoportable. He fracasado en alguna cosa, esto hiere el orgullo, exageré en simplicidad. No podré nunca llenar estos vacíos si él los tiene por mí”(Se refiere a la mujer informada, aquella con la cual se puede discutir de política, aquella de quien el marido puede advertir la falta).

Ella dice de estos vacíos: “no fui más a la escuela, por ello no lo puedo colmar (se refiere al marido). Además el hecho de que no me meta nunca una falda, soy un poco masculina”. Entonces, aquello que falta no es tanto la intelectual informada, sino La Mujer. Luana concluye: “ahora Ricardo está más bien deprimido”.

Si a su marido le falta alguna cosa, Luana parece darse cuenta que no puede colmar esa falta, aunque trata de salvar esta posibilidad, gracias a la otra mujer. La otra, la hermana puede hacerlo, sabe hacerlo, como Moana Pozzi que, a sus ojos realiza justamente el ideal de “la Mujer que le falta a los hombres”. Es así como Moana puede aceptar exponerse perennemente bajo la mirada de todos sin “deshacerse”, no como le sucedió a Luana que se “autodestruyó”, ya con la mirada de los compañeros de escuela.

Me parece que en el caso de la paciente, en su oscilación continua entre discurso histérico y delirio, da testimonio de hasta qué punto el “defecto estructural” de la posición femenina, representa una condición de riesgo, debido a la debilidad simbólica a la cual está expuesta el sujeto. No llegando a obtener la compensación imaginaria que la mujer encuentra en la máscara (compensación a la falta de un significante de la feminidad), Luana necesita de la otra mujer que represente esta posibilidad del “como si” (expresión recurrente en su discurso), compensando el defecto estructural de la posición femenina.

Entonces ¿este defecto corresponde a la posición femenina o a la psicosis? Ambas parecen superponerse, justamente Luana anuda de modo enigmático para sí misma, sea la defalliance escolástica que el fracaso de la máscara a la cuestión de la falta, tratando así de identificar aquello que falta, en un defecto suyo, personal: las carencias culturales, aunque también la falda.

¿Qué cosa le falta para ser una mujer? Luana afirma: “al mirarme al espejo y sentirme a disgusto con el liguero, me deshice de el, hice bien! Está en juego mi equilibrio, la búsqueda de mí misma”.... pero el deseo de Luana, ¿dónde está?

Dice Lacan: “ Es en la simbolización a la cual está sometida, como exigencia esencial, la realización genital – que el hombre se virilice, que la mujer acepte verdaderamente su función femenina (Sem. Le Psicosi p.209). Se trata de aquella ley que instaura el deseo. Conviene preguntarse ¿qué cosa es para Luana el liguero que la hace sentir incómoda y que retorna en el relato, como un significante que insiste?

Es verdaderamente un significante, un significante del deseo o es más bien, alguna cosa que retorna en el real?