5.1
(T) María Carmela GURNARI: Un caso de celos
femeninos
Luana es una
mujer joven de 34 años, que llega al Servicio territorial donde trabajo, luego
de un breve período de internación en el reparto psiquiátrico del hospital
zonal. La recibo para realizar una entrevista y ella entra junto con el marido.
En la historia clínica se lee: “El pasado viernes, la paciente viajaba en su
automóvil, junto con las hijas y el marido. Después de la enésima pelea, él
desciende del auto, se tiende frente al parachoques gritando e invitando a la
mujer a que lo embista.”
Un policía ve la escena y
solicita la intervención del Servicio psiquiátrico, el cual decide ingresar al
marido por haber manifestado la intención de autolesionarse. A pesar de la
internación de éste, la paciente continúa comportándose con él en modo agresivo.
Lo visita en el hospital en horarios de lo mas extraños, acusándolo de
traicionarla incluso durante dicho período.
Una de las veces en las que
la paciente concurre a las seis de la mañana, el servicio procede a la
internación de la mujer contra su voluntad, pasando entonces a ocupar el lugar
de él.
La familia, cuando es
convocada al reparto, describe a la pareja como “problemática”: Desde hace tres
o cuatro años, paralelamente a diversos viajes que debe realizar el marido por
motivos laborales, la paciente comienza a manifestar cierto tipo de
comportamientos, mientras que él se encontró con dificultades de tipo laboral,
además de una acentuación de síntomas de tipo “hipocondríaco”(advertidos sobre
todo en la zona inguinal, donde había sufrido una intervención quirúrgica debido
a una hernia), trastornos que, de tanto en tanto, pero siempre de noche, lo
obligaban a concurrir a la guardia del hospital para ser
tranquilizado.
Luana presenta un aspecto
femenino, el rostro es gracioso y agradable, mientras que un cierto exceso de
grasa corporal agrava y esconde parcialmente su figura. Es alta, viste en modo
simple, casi siempre con pantalones y sin maquillaje. No lleva ningún accesorio
que de la idea de buscar la mirada del otro. Sólo sus ojos manifiestan cierta
vivacidad que captura la atención de su interlocutor. El marido es un hombre
alto, delgado, con cierto atractivo.
La pareja cuenta que los
problemas comienzan cuando inmediatamente después del matrimonio, van a vivir,
primero con los padres de ella, para luego habitar una casa de su propiedad. La
situación se agrava a partir de un trabajo independiente iniciado por el marido,
después del fracaso comercial de un negocio que habían abierto
juntos.
Con el trascurso de algunas
entrevistas, Luana se muestra más colaboradora y los encuentros se suceden sin
la presencia de Ricardo, aunque si, por poco tiempo, este continúa
acompañándola, esperando afuera.
El tema sexual es abordado de
pronto, de modo explícito y sentido, pudiéndose entrever debajo de la tonalidad
reivindicativa de su discurso, una profunda sensación de
inadecuación:
“Trataba de entender qué cosa
era el sexo, qué cosa induce al sexo, pero no entendía nada, no pude a pesar de
intentarlo… Ni siquiera me sirvió mirar películas porno, o ver hacer el amor en
televisión, traté de imitarlo pero nunca lo logré. Por más que use el mismo
lápiz labial, ese lápiz labial, los modos no son los míos, no
soy yo”.
No es ella, pero puede ser, por ejemplo Moana
Pozzi, famosa pornostar que se expone con desenvoltura incluso en televisión,
para luego en las entrevistas, hacer comentarios que involucran su vida privada.
Luana se pregunta: “¿Cómo puede ella conciliar todo este sexo exhibido con el
hecho de tener un hijo? ¿Cuánto coraje se necesita para continuar la propia
existencia, expuesta a la mirada de todos, sin sentirse desnuda también en su
vida cotidiana? Es difícil vivir siendo una prostituta a la vista... en la
entrevista, Moana dice que “le gusta gustar”. Me da curiosidad el hecho
de que pueda ser un tipo de personalidad que no se deshace. Yo, en una situación
de ese tipo me encerraría dentro casa: te sientes siempre
observada”.
De hecho Luana después de la
primaria, no quiso continuar asistiendo a la escuela, y fue dejada en casa sin
ningún tipo de problema. A los dieciséis años, gracias a ser animada por el
marido y por una pareja de amigos, logra finalizar sus estudios, rindiendo
exámenes para los cuales estudió de modo privado. Es la última de 5 hijos: dos
hermanas mujeres y dos varones. Ella es “La pequeña de la
casa”.
Su discurso oscila entre la
perplejidad de una cierta modalidad interrogante, a la denuncia de una
persecución ligada al hecho de sentirse expuesta a provocaciones. Cuando, por
ejemplo, una mujer que se encuentra en un automóvil al lado del de Luana, recibe
una llamada telefónico y exclama: “Ah! Hola!”, ella piensa inmediatamente que
dicha mujer disimula que el que la llama es el marido de Luana, en tanto ella se
aleja. De este modo, cuando él regresa, Luana lo llena rabiosamente de
insultos.
Tomar al marido como blanco
de su agresividad, parecería indicar una escena de celos; pero ¿por qué pensar
que la mujer “fingiese”? ¿Es un “fingir” que forma parte de la mascarada
femenina? Entonces esta puesta en escena
es propiamente dirigida a ella misma, es para “engancharse ella”,
considerándose por lo tanto, una provocación.
En esta violencia que se
exterioriza a través de los celos, Luana muestra la irracionalidad y la
irreductibilidad del delirio. Ella dice: “Es como si, en realidad, la mujer
recibiese la llamada de mi marido”. En este como si, falta la certeza de la
psicosis. Se encuentra sin embargo la
alusión, enunciada por la misma
paciente.
En el día de hoy, antes de
entrar en sesión, Luana comienza a protestar contra el marido en el pasillo,
vociferando porque éste, cuando fueron a la playa, le escupió agua de mar en la
barriga…“¡es un maleducado!” Afirma categóricamente y prosigue: “Hoy salí a la
calle y un retrasado mental con un automóvil aplastó una botella y me salpicó
toda la cara… ¡una pesadilla! ¿Qué cosa es esta asquerosidad? Lo importante es
que no me lo haga justo en la cara! (el marido… la
escena…)
Otra provocación! Juntamente,
mientras aún estaba en la casa, Luana sintió un ruido en el salón, una especie
de “chasquido de dedos” como lo define, cosa que la llevó a pensar
inmediatamente que el marido, en vez de ir a trabajar, en realidad se detuvo a
besarse con alguna, sintiéndose horrorizada ante la posibilidad de que la hija
menor pudiese presenciarlo: “Supongamos que Elizabetta vea una escena de este
tipo…Una cosa así se puede hacer en el parque… Si lo quiere hacer, puede igualmente sin hacérmelo
saber…”
Al fin de cuentas, Luana
quiere o no quiere saber. ¿Qué saber es el que está en juego? Y en tal caso, eso
que él quisiera hacerle saber se transforma en una escena horrible y desagradable de ver para la niña. Paralelamente a la
cuestión del saber reaparece la cuestión de la mirada y Luana se pregunta:
“¿Tengo derecho o no a reaccionar como quiero? ¿Tengo que soportar también esto?
El marido que ve otras mujeres, que se besa con otras mujeres. Soporto la
alusión porque no lo vi…pero si lo veo ¡me voy de verdad con los niños y ahí se
queda!”.
Luana conserva entonces la
incertidumbre, manteniendo un cierto beneficio de la duda. La certeza aparece en
ella, más bien como una aspiración que se declara como objetivo imposible,
propio del carácter irracional de su búsqueda.
Lo que sus celos denuncian es
la implicación y al mismo tiempo la exclusión de una escena que la angustia.
Toda su atención se dirige a espiar
los signos de la presencia de otra mujer: colegas del marido de las que Luana
busca afanosamente las huellas (algún cabello, alguna mancha de lápiz labial en
su camisa), miradas de mujeres que pasan y que se cruzan con la mirada de éste,
hasta llegar al punto de su discurso en el que se impone con todo su peso la
figura de la hermana. Se trata de la hermana 10 años mayor y que Luana veía casi
“como una mamá”, manteniendo con ella una relación de dependencia y admiración.
Su hermana ahora le suscita todo el desdén y la rabia, en tanto culpable de
seducir sin escrúpulos a un “ragazzino”, vale decir, su marido, y es justamente
en el transcurso de esta violenta celotipia que ella es internada siendo
diagnosticada como un caso de psicosis pasional.
En sesión, Luana se pregunta:
“¿es justamente ella, mi hermana Margherita, la mujer que vi pasar por debajo de
mi ventana, en un carísimo y potente auto deportivo al lado de un hombre? ¿Cómo
hace mi hermana para permitirse un auto de ese tipo si está con un hombre de
modestos recursos?… Probablemente el auto era de Ricardo. Y ¿por qué pasa justamente debajo de mi ventana?
Ricardo es el marido de Luana
y ella prosigue con su razonamiento: “Obviamente, yo no tengo la certeza, pero
quisiera saber una cosa: si un día tuviera que detenerla, ¿tengo derecho o no a
preguntarle por todo esto? Ella se esconde…, pero podría igualmente hacerse ver,
podría ser una prostituta! Y yo no podría decirle nada! [al contrario del padre
celoso que la esperaba a la noche cuando se hacía tarde para reprocharle y
agredirla]. Si en lugar de ella fuera Ricardo, sí tendría el derecho de pedirle
explicaciones! Lo que me pone de los nervios es que se hacen ver con una realidad, cuando yo conozco
otra!”
Por lo tanto, hay algo que le
viene mostrado, no obstante el disgusto que le provoca, donde el acento recae
siempre sobre la cuestión de la alusión, que resuena nuevamente como una
provocación dirigida a ella. Siguiendo el relato de Luana, se reconocen los
vestigios de una escena de celos hacia la hermana, donde parecería ser que la
presencia del marido le consiente de reivindicar las razones a las que alude.
Éste aparece aquí como su representante, alguno que justifica su implicación,
más que como objeto de deseo.
Según el relato de Luana,
todo comenzó a partir de una frase que R. pronunció cuando trataba de convencer
a su mujer para que se mudase de la casa de sus padres a aquella que es de su
propiedad: “No quiero quedarme aquí, porque tú podrías venir a saber...”. Luana
al sentir estas palabras, cae presa de una fuerte turbación que con dificultad
puede controlar, pero desde entonces, nada fue como antes, la novedad
incontrolable era el descubrimiento que el marido fuera capaz de
traicionarla.
El simple hecho de tener que
admitir esta posibilidad, era para Luana un auténtico cataclismo, el
resquebrajamiento de un mundo infantil hecho de todas las ilusiones entre las
cuales ella había crecido, un relato en línea con el mito bíblico de la
expulsión del Jardín del Edén. Así describe ese momento en el cual debió abrir los ojos: “Me di cuenta
imprevistamente que la persona con la cual estaba, habría podido tocar a alguien
de mi familia, carne de mi carne, la
hermana, una persona como yo!”.
Desde el momento que ella
no sabe hacer con el sexo, la mujer del marido no puede ser otra que la
hermana.
Después de un tormentoso y
difícil período de trabajo, el cual se vio interrumpido por numerosas ausencias,
y luego de haber desaparecido durante algunos meses, Luana me llama pidiendo una
sesión. En todo este tiempo no ha vuelto a ver a la
hermana.
En la primera entrevista
luego de la interrupción, afirma: “Ayer por la mañana cuando me desperté, R
tenía ojeras, miré al cielo y cuando las nubes se fueron, se formó una línea
negra delante de la luna. Pensé que se debía a que alguno me quisiera advertir,
decir alguna cosa…las líneas las asocio a los celos y a la envidia. R. tenía
ojeras y pensé: quizá esta noche se fue con otra, y alguno desde arriba me dice
que no tengo que ser celosa o más bien me predice que estaré celosa durante la
jornada. El ser anticipada me mandó en crisis. Quizá exista alguna cosa en mi
carácter que debe ser controlada”.
La escena no se desenvuelve
más debajo de sus ojos, en una proximidad en la cual, al mismo tiempo se ve
excluida. Ahora es aludida con una modalidad más mediatizada, evocada a través
de signos que el marido muestra, al despertarse, sobre el rostro y cuello.
Dentro de esta vía, el tono de su discurso se hace más tranquilo y Luana me
dice: “Ahora he comenzado a pintar, me calma muchísimo, lo hago bien. Pinto
porque debo colmar una sensación de falta, prefiero esto a tener una relación
con otra persona que después se convertiría en otra relación como la que tengo
con Ricardo.
“Siento que algo me falta, R.
no me quiere y me pregunto si es justo encontrar algo para hacer, como para
colmar esta... no sé si definirla falta o más bien sufrimiento. Me pregunto si
también la pintura, cuando te gusta demasiado, se puede convertir en una
enfermedad, una forma de dependencia. No debo exceder, por ejemplo, la afición
que R tiene por la música, su queja por no haber llegado a ser un músico a veces
es morbosa... entonces esconde algún otro tipo de falta, ese placer por la música es una falta, y lo mismo vale para cualquier otro
tipo de pasión. Lo que me perturba es el hecho
de decir: yo pinto, pero el hacer el amor con mi marido me daría más
satisfacción. No quisiera pintar demasiado para esconder una
falta”.
¿De qué falta habla Luana con
tanta insistencia? ¿Se trata de la falta de la falta, es decir, de un defecto de
simbolización que, frente a la ausencia real del marido, se ve obligada a hacer
síntoma, en la tentativa de crearse con el delirio de celos, una suplencia? ¿o
más bien se trata de aquella ausencia que anima el simbólico, de esa falta en
ser que habita al sujeto, al sujeto del deseo que viene en primer plano, justo
cuando ella pierde la presencia continua de él? En este segundo caso, el marido
sería para ella un objeto de identificación, es decir un soporte del yo contra
la evanescencia del sujeto del deseo. Con respecto a esta incertidumbre, se
juega toda la ambigüedad del caso de Luana.
Luana prosigue diciendo con tono
desolado: “ninguno me da una respuesta, ninguno me da una
verdad”.
Esta admisión de una verdad
que ninguno puede darle, ni siquiera Dios, aparece en contraste con la
insistencia de este significante que se escucha repetidamente en sus
reflexiones, siempre en términos de una
“omnipotencia” (es ella misma que la llama así), que interviene para explicar
aquello que no puede ser explicado y con lo cual Luana choca constantemente
según sus consideraciones sobre la vida, el amor y la
muerte.
Podemos decir propósito de
esto, que en el período de ausencia del Servicio, como alternativa al analista,
Luana ha preferido consultar a un padre confesor, a fin de recibir explicaciones
y consejos sobre aquello que le sucede. Entonces me pregunto si este lamento
relativo a la verdad y a la respuesta no recibida, roza el hecho de admitir la
imposibilidad de acceder a un Saber, que equivale a decir que no hay un saber, y que sea por lo tanto una
tentativa de confrontarse con el Otro barrado.
Pero después, Luana continúa para
lamentarse de la timidez y el embarazo que R muestra hasta para darle un beso,
preguntándose: “Está peor conmigo que con ella? Si lo pienso mientras estoy
haciendo el amor, me vuelvo frígida. Yo soy más gordita, tal vez su amante sea
más delgada, yo no me pongo accesorios, su amante lo hace: braguitas sexy,
medias, yo no soy muy juiciosa, nunca me puse un
liguero.
Podemos decir entonces que
“hay un saber”, que en este caso no pertenece a Dios, sino a la otra mujer, se
trata del saber sobre qué cosa quiere un hombre. Luana con respecto al
tema, no es muy “juiciosa”, es decir no posee el razonamiento para entender ¿qué
cosa? entender ¿qué cosa es un liguero? Podría sonar como un interrogarse sobre
¿qué cosa es una mujer? Pero Luana no puede preguntarse esto en primera
persona, si se trata de interrogar propósito de esto el deseo masculino, es la
hermana la que es colocada en la posición de maître:
“Si hablase con Marghetita, ella me
enseñaría algo más, ella está más preparada, me decía: hay cosas que a los
hombres les gustan más que otras, prefieren a las mujeres prósperas y tónicas
que aquellas simples, dulces, bonitas. Yo no estoy preparada, cuando éramos
novios con R, para ir a la discoteca, mi hermana y sus amigas me maquillaban. Al
inicio era una obsesión, no había entendido cuál era mi dimensión, el modo justo de asociar mi
feminidad y mi personalidad, que no debía ser ni demasiado sexy, ni demasiado
masculina. Un justo acuerdo debe
estar en todas las mujeres: cada mujer tiene que tener la vanidad de vestirse
con un pantalón estrecho y de maquillarse, pero no en modo extremo, porque si se
es demasiado femenina, no es ni siquiera ella misma, y esconde alguna otra cosa,
se trata de una máscara que esconde alguna
psicosis”.
Teniendo en cuenta lo escrito por C. Millot: “desde el momento
que falta en el inconsciente el significante de la feminidad, la mujer es, más
que el hombre, cosignada al Imaginario, faltando el soporte simbólico, ella
deviene más dependiente de la imagen y por lo tanto se encuentra más cerca de la
psicosis. O más bien podemos sentirnos autorizados a pensar que exista una
cierta modalidad específica de la posición femenina de acceso a la psicosis, una
modalidad que presenta cierta ambigüedad con la
histeria.
Luana continúa: “Si hay un joven o una joven
que se viste demasiado masculino, tal vez haya padecido violencia cuando era
pequeño” y comienza a hablar de la hija mayor: “Eleonora, como todas las jóvenes
de su edad (14 años), si se la deja estar, se abandona demasiado a la
masculinidad. Lo hacen para defenderse de los varones, por miedo a que le gasten
bromas. Los varones tiran agua, prenden fuego a los cabellos, lo hacen para
llamar la atención. Yo trato de controlar todo esto porque lo viví en mí. Si me
gastaban bromas con maldad, tenía la tendencia a vestirme como un varoncito.
Pero todo esto no es justo, me castigaba a mí misma. Yo era una joven bonita,
quiero que Eleonora lo entienda y supere todo esto como no supe hacerlo yo, que
lo viví autodestruyéndome. Me decían que era bonita, pero que no sabía hablar,
discutir sobre política. Yo entonces trataba de informarme, pero no bastaba
nunca, era siempre poco. Cogía los vestidos de mis hermanas porque no tenía los
míos, o mejor aún, aquellos que tenía eran de varoncito. Aquí está la falta, no
la frustración. Cuando miro aquellas fotos, me agarra la melancolía por no haber
tenido aquellas cosas.
Nuevamente la cuestión de la
falta, esta vez denunciada en el fracaso de la mascarada femenina. Ciertamente,
si la máscara en su función de fetiche, sirve para cubrir la falta de la mujer, también es cierto
que en su carácter postizo de presencia exhibida en exceso, la máscara sirve
justamente para representar el hecho de que alguna cosa falta. Por lo tanto la
evocación del objeto del deseo que ella trata de suscitar, confronta al sujeto
con la “falta en ser” que lo habita, aquella falta que ni la pintura, ni la
relación sexual pueden colmar.
Es por ello que, vistiendo
con minifalda y maquillándose de mujer, Luana suscitaba una reacción de desprecio por parte de los
compañeros de escuela. Para ellos, era una cuestión de “legítima defensa”, ya
que confrontarse con el objeto de deseo equivale a rendir cuentas con la propia
falta y los adolescentes por sentirse inadecuados, encuentran como solución el
tratar de proyectar esta sensación de inadecuación sobre el propio objeto que la
ha suscitado. A través de esta vía Luana encuentra, en el recuerdo de aquella
agresión y en el desinterés del marido, una razón para su renuncia:
“Me deshice del portaligas que mi hermana me
había prestado, no quería verme desde un punto de vista sexy. Esto no quiere
decir que no me gusten esas cosas. Tal vez R me desanimó... Puede ser que él me
viese incómoda con ese atuendo, para mí era indispensable gustarle, costara lo
que costara”.
Gustar
como Moana Pozzi, travestirse de Moana Pozzi, imitar la máscara, travistiéndose
de mujer que se traviste. El fracaso de esta máscara de Luana, testimonia tal
vez la dificultad de hacer las cuentas con la falta que la mascarada devela
justamente en su función de velo.
Actualmente, es siempre ella
que le pide al marido para hacer el amor, ahora que ella no debe “llevar a buen
término la esfera sexual como si se tratase de los deberes de la escuela”, ahora
que no vive ya el sexo como una obsesión a cumplir. Luana se reprocha con cierto
deje de tristeza la diferencia entre presente y
pasado: “en ese entonces observaba a mi hermana, aquello que he asimilado
de ella se ha esfumado, me divertía, era un modo de estar con ellas (La hermana
y sus amigas)”
¿A quién pertenece la mirada
evocada? ¿Es tal vez aquella de un hombre que mira una mujer? ¿En qué posición
se encontraba Luana, con la hermana y las amigas incluidas, en ese contexto
femenino que trataba de capturar con la mirada y por otra parte, de quién trataba de capturar la mirada?
En todo caso, Luana se encontró luego a solas con el marido y quizá este
escenario perdido es lo que su delirio trata de
reanimar:
“Sobre aquellas cosas que pensaba
poder vivir, decía: si mi hermana me diera consejos sobre cómo presentarme con
R, él quedará fulgurado, pero si él no se sintió nunca así, si él no se expresa,
yo no puedo jugar sola. A veces, está
hasta dos o tres días sin abrazarme y si lo hago yo, se siente sofocado, es un rival. Esto es una cosa que
justifica mis celos exagerados, la envidia. Si dice que hasta los ángeles se
ensucian, para mí es esencial, indispensable vivir el amor. Es fácil cuando
puedes hacer ciertas cosas por imitación, eres como una esponja que se hincha,
absorbe las cosas y las reproduce como un pequeño ordenador. Pero cuando buscas
asimilar aquellas cosas en tu carácter, entiendes que no estás, que no hay equilibrio,
entonces debes tirar todo fuera, la esponja se debe deshinchar y perder todas
estas cosas.
La falsa máscara no puede más
que fracasar, y siguiendo lo que Luana declara, cuando el marido se sustrae al
rol asignado, R deviene un rival, dejándola presa de los celos o, más
precisamente a la envidia. Parece una lúcida descripción de la identificación
imaginaria, aquella frente al espejo: el otro, en la posición de alter-ego,
cuando se aleja sustrayéndose al control, suscita la reacción agresiva del
sujeto, es como si, alejándose, se llevase del sujeto el propio yo,
evidenciándose la alienación .
Y todavía, Luana admite cosas
que hacen pensar que exista un simbólico que ha operado en ella, en la tentativa
de medirse con la castración, si el marido no la desea, es a Luana que le falta
alguna cosa, entonces la falta la involucra:
“Mi marido no me desea sexualmente, esto
quiere decir que yo no fui capaz. Esto se transforma en un dolor insoportable.
He fracasado en alguna cosa, esto hiere el orgullo, exageré en simplicidad. No podré nunca
llenar estos vacíos si él los tiene por mí”(Se refiere a la mujer informada,
aquella con la cual se puede discutir de política, aquella de quien el marido
puede advertir la falta).
Ella dice de estos vacíos:
“no fui más a la escuela, por ello no lo puedo colmar (se refiere al marido).
Además el hecho de que no me meta nunca una falda, soy un poco masculina”.
Entonces, aquello que falta no es tanto la intelectual informada, sino La Mujer.
Luana concluye: “ahora Ricardo está más bien deprimido”.
Si a su marido le falta
alguna cosa, Luana parece darse cuenta que no puede colmar esa falta, aunque
trata de salvar esta posibilidad, gracias a la otra mujer. La otra, la hermana
puede hacerlo, sabe hacerlo, como Moana Pozzi que, a sus ojos realiza justamente
el ideal de “la Mujer que le falta a los hombres”. Es así como Moana puede
aceptar exponerse perennemente bajo la mirada de todos sin “deshacerse”, no como
le sucedió a Luana que se “autodestruyó”, ya con la mirada de los compañeros de
escuela.
Me parece que en el caso de
la paciente, en su oscilación continua entre discurso histérico y delirio, da
testimonio de hasta qué punto el “defecto estructural” de la posición femenina,
representa una condición de riesgo, debido a la debilidad simbólica a la cual
está expuesta el sujeto. No llegando a obtener la compensación imaginaria que la
mujer encuentra en la máscara (compensación a la falta de un significante de la
feminidad), Luana necesita de la otra mujer que represente esta posibilidad del
“como si” (expresión recurrente en su discurso), compensando el defecto
estructural de la posición femenina.
Entonces ¿este defecto
corresponde a la posición femenina o a la psicosis? Ambas parecen superponerse,
justamente Luana anuda de modo enigmático para sí misma, sea la defalliance
escolástica que el fracaso de la máscara a la cuestión de la falta, tratando así
de identificar aquello que falta, en un defecto suyo, personal: las carencias
culturales, aunque también la falda.
¿Qué cosa le falta para ser
una mujer? Luana afirma: “al mirarme al espejo y sentirme a disgusto con el
liguero, me deshice de el, hice bien! Está en juego mi equilibrio, la búsqueda
de mí misma”.... pero el deseo de Luana, ¿dónde
está?
Dice Lacan: “ Es en la
simbolización a la cual está sometida, como exigencia esencial, la realización
genital – que el hombre se virilice, que la mujer acepte verdaderamente su
función femenina (Sem. Le Psicosi
p.209). Se trata de aquella ley que instaura el deseo. Conviene preguntarse
¿qué cosa es para Luana el liguero que la hace sentir incómoda y que retorna en
el relato, como un significante que insiste?
Es verdaderamente un
significante, un significante del deseo o es más bien, alguna cosa que retorna
en el real?