1.3 (T) LIPPI,
Silvia : El seductor: ¿charlatán o
devoto?
(Traducción del francés de
Silvia Lippi, supervisión de Juan Bauzá y Francisco
Rengifo)
Seguiré, hoy,
la interrogación empezada durante las Jornadas de Berlín, sobre el deseo del
hombre y sus obstáculos. Voy a analizar la figura trágica del seductor, y a
mostrar de qué manera sus actos revelan su dificultad para asumirse en su deseo,
y en particular, en su deseo por una mujer (afortunadamente, no se trata de
conductas fijas e invariables para el hombre).
El
comportamiento del seductor está muy extendido en las diferentes estructuras
clínicas, por lo tanto, no es fructífero entrar en un binarismo estéril que
trataría de explicar el donjuanismo por el hecho de que el hombre se interesa
más en el sexo, y la mujer en el amor (hipótesis ampliamente refutada por la
experiencia).
La pasividad
que comporta la pasión amorosa es
profundamente jouissive,
« gociva »
(neologismo que combina « gozosa » y « nociva »)[1], pero no
aniquilante como la pasión por sí
mismo ocultada detrás de la pasión por el sexo (el donjuanismo): cuando el
sujeto ama está bajo el dominio del otro (autre, a) y no del Otro[2]. El amor envuelve
el fantasma sexual, lo domina en cierta manera. Sin la colaboración recíproca
del sexo y del amor, el deseo sexual permanece imbricado en su embalaje de la
pulsión, y el goce que de allí resulta, en el mejor de los casos, se parece al
goce moderado (y un poco decepcionante) de la masturbación[3].
Entonces, mi
cuestión es : ¿este pobre seductor como puede renunciar al amor sexual -mezcla
entusiasmante de amor, de deseo y de goce- a cambio de una relación sexual sin
amor, portadora de un goce que es, en el mejor de los casos, similar al
onanismo?
El goce
producido por la repetición de las conquistas, y por el hecho de ser infiel
arruina el encuentro del sujeto con la causa de su deseo. El donjuanismo es un
síntoma, y no una conducta propiamente masculina[4].
El deseo de
seducir no es más que un semblante del deseo. Si para el seductor histérico,
encubre un deseo del falo (por debajo, de una forma dolorosa y insaciable), para
el obsesivo se revela ser una manifestación del Superyó, pero de manera desviada
: el dictado paterno: “¡Tu debes seducir a todas las mujeres!” se transforma en
“autorización para seducir”, como si el sujeto estuviera a la espera de un
permiso, permiso que le es concedido, naturalmente, porque en realidad se trata
de una orden.
Para el
seductor obsesivo, la conquista de las mujeres es como una practica religiosa :
la conquista se convierte en un rito,
una magia, un talismán. Todo deseo y todo amor pasional necesitan una
determinada cantidad de creencia en el objeto fálico (véase el fetichista), pero
para el seductor obsesivo el ritual de la conquista es un verdadero acto de fe,
del orden de la devoción. Y como Dios sostiene al fiel, el objeto -una mujer
después de otra- sostiene al seductor : la mujer es la oportunidad que no debe
faltar.
La conquista se
convierte en ritual : todo ritual
implica una determinada forma de estabilidad, consuelo, mientras que las
fluctuaciones del deseo producen angustia. Y el ritual desplaza la cuestión del
deseo. El deseo de todas las mujeres (el deseo acumulativo : “debo desearlas a
todas”) es una forma de inhibición
del deseo de determinada mujer (causa del deseo, objeto a). El ritual de la conquista de todas
las mujeres -una por una- impone el sacrificio del deseo: el sujeto es separado
de la causa (de su deseo), rechaza su verdad. La acumulación baraja las cartas y
disimula el sacrificio, la renuncia al deseo. Esto muestra bien el carácter anal
del obsesivo (el obsesivo “se retiene”): una mujer amada y deseada (una mujer
que tiene la posición de objeto a)
cuesta cara, al nivel de la implicación del deseo y del goce que ella provoca.
Es mejor renunciar haciendo como si no se renuncia, gracias a la conquista
“furiosa” (loca) de la mujer.
Es el mismo proceso que para la fe : se entra en el ritual (rezo, misa, etc.) para evitar plantearse la verdadera cuestión (¿creo en Dios o no creo ?). La operación de desplazamiento del rito transforma lo más banal en esencial e imperioso: Freud, en “Acciones obsesivas y prácticas religiosas”, explica que en el ceremonial “vano” del ejercicio religioso, el contenido de pensamiento -la causa- es expulsada, como para el obsesivo, la causa de su deseo desaparece detrás de la acumulación de las mujeres. Como dice Lacan, “el religioso deja a Dios la carga de la causa”[5] : el seductor devoto sacrifica su causa del deseo a Dios. Y la conquista se transforma en ofrenda : a Dios, naturalmente, es decir, al padre. Se trata de restituir algo al padre. Es una curiosa manera de pagar la deuda simbólica.
En la seducción, hay también un lado moral, en las acciones, a veces tan previsibles y patéticas, del seductor devoto. El está convencido de actuar correctamente, de hacer el bien seduciendo a todas las mujeres siguiendo su ritual : el seductor devoto cree conquistar y compartir el paraíso. Como el creyente, que tiene derecho a la vida eterna, gracias a su ritual de rezos en el ceremonial religioso.
También para el seductor histérico, el deseo está averiado, y la seducción es un perfecto compromiso entre el acto y su negación. El histérico desea y rechaza en lugar de desear y gozar : la seducción (seguida necesariamente por la fuga) es la expresión privilegiada de los dos momentos inconciliables. El deseo del histérico se mantiene gracias a la huida, pero este deseo insatisfecho no es el verdadero deseo -esto es causa y no tiene nada que ver con la privación del objeto-: en la histeria, solamente la fuerza pulsional entra en acción, pero falla su objetivo y se pone en circulo.
Todo el problema del histérico es : ¿cómo desear escapando al mismo tiempo a su deseo? Para jugar su juego miserable (desear y huir al mismo tiempo) con una mujer que el desea, el seductor histérico está obligado a hacer promesas : “te llamo por teléfono”, “te invito a salir”, “te invito a cenar”, “salimos juntos”, “hacemos tal o cual cosa juntos”, “te amo”, “te quiero” (je te veux[6]), etc.[7] La promesa toma el valor del acto (en el sentido psicoanalítico) en la seducción, porque representa un momento en el cual se expresa -“se pone en acto”- el deseo del seductor por la mujer. Para el seductor histérico, todo acto está ya en el decir, la palabra es un acto : a sus ojos su promesa es una frase performativa. El filosofo analítico Austin, en Cuando decir es hacer[8], explica que hay proposiciones donde la enunciación corresponde a la ejecución de una acción. Por ejemplo, durante la ceremonia del matrimonio el « Si » de cada esposo es un acto performativo, porque se trata de una declaración que produce una acción, en este caso contribuye a producir el matrimonio. En el caso del seductor, la frase “te quiero” (je te veux), pronunciada por ejemplo antes de una conversación en un contexto de efusión amorosa (auténtica), es un acto performativo, pero únicamente para el seductor : el seductor cree en su deseo hasta el punto de ver en él un acto. El acto es siempre la expresión del deseo (Lacan, El acto psicoanalítico), y en las palabras del seductor está su deseo (me refiero exclusivamente a los casos donde se da un contexto favorable a la producción del deseo, y no voy a analizar los casos de engaño “puro”, con otras implicaciones que el deseo por la mujer). El deseo del seductor histérico se expresa solamente a través de una palabra que no corresponde a ninguna acción : el performativo del seductor fracasa. Su acto no es un acto a los ojos del otro: el seductor es un charlatán[9]. Su pretendido acto se cierra y se hunde en la declaración “te quiero” (je te veux). Esta frase contiene el deseo y su negación : el falso performativo es un síntoma histérico.
La promesa del seductor nombra su deseo, pero lo excluye como sujeto. El performativo es destituido del sujeto porque en el acto del lenguaje del seductor, deseo y sujeto se excluyen mutuamente: no hay performativo porque no hay sujeto. El seductor histérico no sabe si es el otro que está equivocado o él mismo (ya que está equivocando su deseo) : el deseo se pierde, dejado a la deriva, liquidado desde el momento que se manifiesta a través de su palabra. Palabra que pierde todo su poder de simbolización, palabra que no dice nada: si decir es hacer, es también no-hacer, en el sentido que para el histérico ya se hizo, y que no hará más, puesto que todo el hacer está en el decir.
El seductor se toma por el padre-omni-(sexualmente)-potente (Don
Juan es un fantasma femenino, dice Lacan, pero sobre todo masculino): él está
con las mujeres como si las apuntara (coleccionara) una por una : cada mujer
representa un trazo, trazo de
semejanza con el padre que “las tiene todas”[10]. A la vez, cado
trazo -cada mujer- lo aleja cada vez más del inicio, lo aleja del padre.
La
insatisfacción que sigue generalmente cada etapa de la conquista en serie -un trazo después del otro-, se instala. El
fantasma del padre-omni-potente (fantasma de la totalidad : las mujeres = el
falo) inevitablemente provoca la decepción. Como si el seductor no pudiera matar
el padre. Desgraciadamente para él, tomar a la mujer (o las mujeres) del padre no equivale a
matarlo : la castración se declara -la decepción lo muestra bien-, pero sin que
el sujeto pueda tomar conciencia.
Para la mujer
como para el hombre, el padre y su asesinato son el nudo de la cuestión del
deseo. El callejón sin salida en relación con el deseo del padre vuelve a los hombres frágiles,
ellos también : cuando el deseo sexual y el amor por una mujer se encuentran,
tienen dificultades para permanecer juntos. El deseo puede destruirse (vertiente
obsesivo), como perderse (vertiente histérico). El seductor es la prueba: en los
ojos del seductor, se perfora la tristeza de un deseo
efímero.
[1] Pensamos en el fantasma masoquista “Pegan a un niño”, donde es cuestión al mismo tiempo de los golpes y del amor (amor del padre), fantasma que hace gozar ¾ nos recuerda Freud.
[2] Es decir, de su deseo, deseo que se expresa a través de la presencia del otro (autre).
[3] A diferenciar del auto-erotismo. Freud da al “auto-erotismo” dos acepciones diferentes: el momento que precede el narcisismo (Tres ensayos), y una forma de erotismo sobre sí mismo (“Pulsiones y destinos de las pulsiones”). La relación sexual que se parece a la masturbación se distingue del “auto-erotismo a dos”, expresión utilizada par Gérard Pommier para designar la relación dominada por el fantasma y no por el encuentro de los cuerpos, imposible.
[4] Jacques Lacan, « La significación del falo », en Escritos, p. 695.
[5] Jacques Lacan, « La ciencia y la verdad », en
Escritos, p. 872.
[6] “Te quiero” en español significa en francés “je t’aime” y también “je te veux”. En francés los dos sentidos son completamente distintos.
[7] Las promesas del seductor son frecuentemente actos muy simples de realizar. Las mujeres no creen inevitablemente en promesas donde la realización es poco probable, tipo “dejo mi mujer por ti”, “quiero casarme con tigo”, etc.
[8] John Langshaw Austin, « 1ère Conferencia », en Cuando decir es hacer, Points Seuil, Paris, 1991, p. 41.
[9] “Charlatán”
viene del italiano ciarlare, hablar
con énfasis. El charlatán era en su origen un vendedor ambulante que cargaba en
cuenta las drogas, arrancaba los dientes en las plazas y en las ferias. El
charlatán es, en la lengua corriente, una persona que explota la credulidad de
su prójimo, que busca la notoriedad con promesas, con grandes discursos.
[10] Debo esta observación a Francisco Rengifo, que me recordó que en el seminario de La identificación, , Lacan explica que Sade marca un trazo en su cama, para cada mujer conquistada.