BAUZÁ, J., Sexuación y neofeminismo, nov. 2007. Página 12 de 12

FUNDACIÓN EUROPEA PARA EL PSICOANÁLISIS

VIIº CONGRESO

París, 2, 3 y 4 de noviembre de 2007

El psicoanálisis y la cuestión del sexo


Sexuación y neofeminismo

Juan BAUZÁ



El bien tiene sus raíces en el mal, pues el mal es la causa del desarrollo de donde ha venido a continuación todo el bien. Llegamos ahora a un tema donde se presentan a nuestros ojos un buen número de imperfecciones aparentes: se trata del examen de la diferencia entre los sexos.

[...] dado que el sexo femenino no posee tanta fuerza como el masculino y debe no obstante producir tanto efecto como este, [...] la naturaleza habrá dado más arte al sexo femenino.

(KANT, “Acerca de la diferencia de los sexos”1)


A modo de introducción


La cita que he puesto como exergo es el fragmento de un texto de Kant: “Acerca de la diferencia de los sexos”, que les animo a conocer y a leer. Dicho texto puede servir como punto de partida para abordar la cuestión del sexo hoy, la ideología que en él se trasluce muestra los restos ilustrados que aun perduran y prevalecen en nuestra época: el naturalismo y el esencialismo, respecto de la diferencia de los sexos. Así que como si de un síntoma se tratara, podemos partir de ahí para hacer un análisis crítico del mismo que nos permita avanzar en nuestro campo: el psicoanálisis verdadero –como nos decía Lacan hace casi 50 años en Barcelona- por oposición al falso2 en su tratamiento de la cosa sexual. Avance que contribuya a la emergencia y a la liberación del sujeto.

¿Cuál es el objeto paradójico del psicoanálisis? Un sujeto-objeto del inconsciente, que es necesario aprender a escuchar y a leer, rehén del lenguaje que lo hace sujeto, lenguaje que se expresa en la palabra y en la escritura, que necesitan del fonema y de la letra, del sonido y del sentido –como nos dice M. Jakobson- en sus fundamentales lecciones sobre el sonido y el sentido3. Es necesario un uso apropiado de la palabra, el bien decir del que nos habla Lacan, y una escritura conveniente, lo que pasa por una formalización adecuada, para leer, para escuchar al sujeto que nos interesa: el “sujeto al fin en cuestión”, según ese texto con el que Lacan prologa en 1966 su escrito sobre “Función y campo de la palabra y del lenguaje en psicoanálisis”4.

¿Qué es lo que nos impide escuchar, leer a nuestro sujeto? Nuestros prejuicios yoicos, y en particular lo que he resumido en dos términos: naturalismo biologizante5 y esencialismo sustancializante6. El primero da cuenta del dominio del biologismo cuando se trata de sexo, el segundo del psicologismo superyoico, ideología solapada, que nos habla de una normalidad, normatividad habría que decir, o de la salud mental, ¿de acuerdo con qué o con quién?.

El sujeto, no es solamente inconsciente, como nos lo muestra el psicoanálisis. Es también sexual: la libido, la pulsión, el deseo, el narcisismo, el amor de sí y el amor del otro, el goce, conforman lo esencial de su vida. El inconsciente y la sexualidad constituyen a su vez las resistencias al psicoanálisis, la resistencia del psicoanálisis, ayer, hoy y seguramente mañana.

El fracaso de lo sexual en el sujeto que se produce por estructura hace síntoma. Como nos dice Freud: “Los síntomas son la participación sexual (die sexualbetätigung) de los neuróticos” o aún, p. ej. en Inhibición, síntoma y angustia, podemos leer: “El síntoma sería el signo y el sustituto [nosotros diríamos el significante] de una satisfacción pulsional que no ha tenido lugar, como resultado de un proceso de represión”, y es ese síntoma, en tanto fastidia al sujeto, lo que puede llevar al encuentro con un psicoanalista, y hacer del mismo un analizante de su síntoma. Lacan tomará la idea de síntoma de Marx, que podríamos definir como la supervivencia de un antiguo sistema de funcionamiento o de producción en un nuevo sistema que requeriría un nuevo modo de funcionamiento para satisfacer las necesidades. También lo define en el texto citado como “el retorno de la verdad en la falla de un saber, [...] una verdad de otra referencia que eso, representación o no, cuyo bello orden ella viene a perturbar”7. El análisis le llevará a hacerse consciente de su miserable vida sexual, en el sentido amplio en el que la entiende el psicoanálisis, forcluida, reprimida, denegada, y, a partir del reconocimiento de su deseo, y de hacerse responsable de una causa de la que no es tanto el agente como el paciente, a confrontarse con la diferencia de los sexos, la diferencia sexual. Entonces tal vez podrá ponerse a hacer algo con eso, es decir de acuerdo con el imperativo analítico: Wo Es war, soll Ich werden.


Precisamente la confrontación con la diferencia de los sexos es lo que de alguna manera produce el encuentro y la confluencia o la confrontación entre psicoanálisis y feminismo.


Si bien critico ciertas apropiaciones del psicoanálisis [...] destaco asimismo la centralidad de este para cualquier proyecto que intente entender los proyectos emancipatorios tanto en sus dimensiones psíquicas como sociales.


nos dirá, por ejemplo, Judith Butler, seguramente una de las teóricas neo o post-feministas más destacadas en estos momentos.

¿Qué pueden aprender uno del otro, si logran hacer de esta confrontación una aproximación dialéctica a la verdad de su sujeto-objeto? Esa es la cuestión sobre la que quisiera aportar algo en este Congreso.




Sexuación e identidad sexual del sujeto en el psicoanálisis y en el feminismo. La supresión del sujeto en la clase universal


La importancia de la identidad sexual del sujeto, más o menos laxa o fijada que se manifiesta a lo largo de su ex-sistencia, es uno de los descubrimientos fundamentales del psicoanálisis, cuya primera sistematización teórica, revisada en sucesivas ediciones desde 1905 a 1922, Freud formula en sus Tres ensayos para una teoría de la sexualidad, que podrían complementarse con sus Contribuciones a la psicología de la vida amorosa, el artículo sobre “La organización genital infantil” (1923) y los diversos artículos que versan predominantemente sobre la sexualidad en diversos aspectos. Toda esta teorización de una experiencia, Freud la funda en los resultados de la aplicación de su método psicoanalítico, que el valor de la teoría no debería desplazar como fundante.

Esa identidad sexual más o menos abierta a los avatares de una existencia o de un destino, caracteriza un aspecto fundamental del sujeto, de cuya adecuada economía depende en buena parte un pasaje más o menos feliz o infeliz sobre la Tierra. En esa identidad obtenida a través de un proceso que Lacan llamará de sexuación del sujeto, las nociones de sexo y de género y su conceptuación aparecen como decisivas. Y, al respecto es fácil, en su teorización, caer en una ideología que confunde valores cuestionables, vinculados a una lógica fálica, con una realidad “natural” u “objetiva”, que bajo capa de cientificidad, es decir de ahistoricidad, sus defensores tratan de imponer al sujeto. Ese sujeto es negado así en su ser por esos mismos valores, que operan a modo de ideales abstractos cuya realización promete felicidad, lo que aparte de no resolver el problema o el conflicto sexual inherente, tampoco contribuye efectivamente a paliar el malestar en la civilización correspondiente.

Desde un punto de vista psicoanalítico la evolución o el progreso cultural podemos vincularlo al marco o a las condiciones culturales que facilitan una liberación sostenible de la sexualidad y del deseo sexual, y con ella el bienestar posible en la relación social que promueve o conlleva esa cultura. En este sentido el psicoanálisis se plantea como una tarea de civilización que contribuya a esa liberación sexual, del deseo, y por ende a una cultura más pacífica.

En esa liberación sexual el llamado movimiento feminista ha jugado asimismo un papel fundamental.

Tanto el feminismo como el psicoanálisis tienen ya una larga historia que no voy a reproducir aquí y de la que pueden informarse en otros lugares, y, en el espacio actual, ambos distan de ofrecernos un panorama homogéneo. Así, ni “feminismo”, ni “psicoanálisis”, como significantes pueden ser usados en un sentido unívoco. Y, si bien en ambos casos su diversidad actual es compleja, tiene una cierta lógica y puede ser aproximadamente cartografiada. Muy sintéticamente podemos hablar de un feminismo reivindicativo de la igualdad, fundado en los principios de la Ilustración que se quisieran extensibles a todo el género humano y no sólo a la mitad hombre del mismo. Este primer feminismo tiene de algún modo su culminación y su final en el libro de Simone de Beauvoir sobre El segundo sexo8, que a su vez inaugura otro feminismo el feminismo de la diferencia, donde se reivindica algo así como una esencia femenina diferencial de la masculina y a recuperar como sujeto femenino, esencia de mujer, se trata de un feminismo arraigado en algunas autoras en los años 70, que tiene sus representantes, por ejemplo en Luce Irigaray, Julia Kristeva o Helène Cixous, y que pretende fundarse de manera crítica en descubrimientos analíticos. Finalmente con la teoría queer podemos hablar de un neofeminismo o de un postfeminismo que tiene su origen a finales de los años 80 y que reivindica una singularidad sexual que pretende superar el dualismo maniqueista en la diferencia entre los sexos y con él la heterosexualidad normativa, éste invita a escuchar la cosa sexual en el sujeto más allá de los prejuicios derivados de la matriz binaria heterosexual y normativa. La posición de los analistas tiene su correspondencia de alguna manera con estas concepciones y encontramos representantes de todas ellas en la historia del psicoanálisis: el propio Freud, Jeanne Lampl de Groot, Hélène Deutsch, M. Klein, Karen Horney, Ernest Jones, Stoller, Lacan, Juliette Mitchell, Luce Irigaray, el propio M. Safouan, etc., en un panorama confuso.

En un momento determinado de su historia el feminismo confluye con el psicoanálisis y con una posición crítica respecto al mismo: por ejemplo, la idea de que la teoría psicoanalítica sostendría, o contribuiría a sostener, desde un falocentrismo cuestionable, valores patriarcales obsoletos que estarían en contradicción con la liberación sexual o de lo sexual del sujeto en cuestión, sin plantearse que esto podría corresponder a un mal uso del método o a una teorización condicionada por valores no bien resueltos en los autores psicoanalistas, y de algún modo ajenos al método propiamente analítico. La mujer, por ejemplo, ha representado y representa en cierto modo el sujeto del inconsciente, más allá de que esté tan sujeta como el hombre al sujeto del inconsciente, el Otro del otro, lo representa pero no lo es, en la medida en que constituye el negativo del hombre, identificado con la consciencia racional clásica. Se trata de representantes, lo que por supuesto no carece de consecuencias para quienes son los soportes materiales de eso que representan. Me parece necesario cambiar de registro y pasar de esa representación imaginaria, de esa proyección en lo social, a una escucha del sujeto detrás de esa máscara, de ese semblant.

Lo que se pretende universal (la mujer, el hombre) determina una clase a partir de lo que como rasgo unario se supone pertenecer a todos los elementos del conjunto, que conforman la clase, pero no puede confundirse con el todo de cada uno de esos elementos que forman el conjunto como clase, eso es precisamente lo excluido singular en cada universalización del sujeto que es la operación inherente al significante. Todavía podríamos amplificar más esa operación de reducción si pasamos a la lógica excluyendo toda significación de los términos, lo que podríamos simbolizar sintéticamente con la fórmula por la que se instituye la lógica clásica a la que se refiere la Ciencia en la que con la introducción del principio de identidad que iguala el significante a sí mismo, o reduce su significación a un código universal, esto es a una correspondencia biunívoca y universal, a un signo, excluye o forcluye en la misma operación al sujeto que este representa para otro significante, lo que hace de la Ciencia –como dirá Lacan- “una ideología de la supresión del sujeto”9


$ => S; ¬ (S  S) => S = S => ¬ $


Es la restitución del sujeto excluido de la Ciencia que hace síntoma en él, entendido como retorno de la verdad en las fallas de un saber, aquello que el análisis pretende, esto es la restitución del sujeto de la Ciencia, objeto de la praxis psicoanalítica.10


La teoría crítica feminista


Debemos remontar el feminismo moderno en relación con el racionalismo ilustrado y sus valores. Así una de las primeras elaboraciones del pensamiento feminista hunde sus raíces en la Ilustración; un segundo momento histórico se produce en torno al movimiento sufragista de principios del siglo XX; finalmente hay que referirse a la revolución feminista que comenzara en los años setenta, precedida por diversos acontecimientos, en particular por ejemplo, la publicación de El segundo sexo de Simone de Beauvoir, un clásico de lectura imprescindible, aunque ciertamente superado en muchos sentidos. El trabajo de la Beauvoir si bien sirvió como herramienta clave para desmantelar el sistema de géneros y su instrumentalización machista contra las mujeres, consolidaba sin embargo a su vez una nueva categoría ontológica, “La mujer” o “las mujeres”, vinculadas por una suerte de esencia femenina que no era puesta en cuestión en sus rasgos y valores. Luego llegará lo que se ha llamado el movimiento postfeminista o neofeminista a comienzos de los años noventa, fruto de la desnaturalización y desencialización de la nociones de “sexo” y de “género”, que asimilaban las nociones de “hombre” y “mujer” a la matriz heterosexual en el seno de la familia monógama, que aparecía con un valor normativo o saludable con la consecuente negación o patologización de sus “desviaciones”.


Mary Wollstonecraft, autora de Vindicación de los derechos de la mujer (1792)11, que podemos considerar el acta fundacional del feminismo; Olympe de Gouges, autora de una Declaración de los Derechos de la Mujer y de la Ciudadana (1791)12, François Poulain de la Barre, autor de De la igualdad de los dos sexos. Discurso físico y moral en el que se ve la importancia de deshacerse de los prejuicios (1673)13, o su texto sobre La educación de las damas (1674)14, son tal vez los textos más importantes rescatados de la primera época. Poulain, cartesiano preocupado por extender le “bon sens” de Descartes a todos los sujetos sin distinción de sexo y con ello la capacidad filosófica, denunciando una Ilustración que a pesar de sus declaraciones universales ocultaba su patriarcalismo y su misoginia. A su vez diversos escritos feministas, al estilo de los Cahiers de Doléances, exponían la situación de opresión y discriminación de la mujer.

A comienzos del siglo XX el feminismo se va a radicalizar políticamente como respuesta a posiciones cada vez más conservadoras del liberalismo, y, sin embargo, tras las reivindicaciones sufragistas, se produce un importante declive del feminismo desde los años 20 hasta los años 60, en los que el feminismo resurge con renovada fuerza teórica y política. Aparecerá entonces un nuevo feminismo norteamericano de corte liberal, una de cuyas máximas representantes es Betty Friedam, que con su Mística de la feminidad15, también podríamos hablar de mistificación de la feminidad, inaugura ese neofeminismo al que aquí me refiero y denuncia ese extraño malestar, innominado e innominable que sentían y sienten tantas mujeres producto del mecanismo represivo que preconiza la reclusión del ama de casa americana en el hogar, tras haber salido de él a raíz de la Segunda Guerra Mundial y haberse incorporado activamente a diversas facetas productivas de la economía nacional. A finales de los años 60, coexisten ya en EEUU distintas orientaciones políticas dentro del nuevo espacio feminista. Encontramos un feminismo radical, que tiene a sus principales representantes en Kate Millet (Política sexual16) o Shulamith Firestone (Dialéctica del sexo17), la primera de ellas en su obra Política sexual, señala que ser ama de casa no es una cuestión natural ni biológica, sino eminentemente política y que debe ser sometida a debate público. Firestone por su parte se basa en el freudo-marxismo.

Dentro de la gran diversidad que en estos momentos conforma el feminismo, con el término neofeminismo que figura en el título de este artículo me refiero al que tiene su origen en los movimientos queer, que darán lugar e una elaboración teórica denominada teoría queer, que surge de la confluencia de diversas crisis sociales, políticas e intelectuales que se producen entre 1970 y 1990. Una serie de autoras lesbianas van a iniciar una crítica radical del discurso heterocentrado y binario, del tipo + / -, y de la noción de mujer, lo que va a provocar una revolución epistemológica en el análisis del dispositivo sexo/género y en la crítica de la matriz heterosexual normativa. La novelista y teórica feminista lesbiana Monique Wittig había publicado en 1973 El cuerpo lesbiano18, en donde de manera poética describe los órganos internos y externos del cuerpo de la mujer y de sus fluidos corporales en relación con su expresión sexual en un estilo narrativo hasta entonces inédito en el panorama literario, y que constituye un desafío en la representación habitual de la mujer en la literatura y en la cultura. Publica posteriormente una serie de artículos reunidos en su libro The straight mind and other essays19 (1992) donde pone de relieve la dimensión política de la heterosexualidad:


La ideología de la diferencia sexual opera en nuestra cultura como una censura, dado que oculta la oposición que existe en el plano social entre los hombres y las mujeres bajo una causalidad natural, cuando las categorías de masculino/femenino, macho/hembra dependen de diferencias de orden [...] ideológico. (op. cit., 22)


M. Wittig va a cuestionar la distinción feminista habitual entre sexo biológico y género social: para ella el sexo anatómico (macho/hembra) y el género (masculino/femenino) son categorías simbólicas, asociadas a un valor ideológico, producidas por la sociedad y que están al servicio de un sistema que ella denomina “pensamiento heterocentrado normativo”, que produce una opresión social en función de las mismas. Esta crítica supuso una verdadera subversión del feminismo tradicional, en la medida que desnaturalizó y desencializó un criterio fundamental de su discurso: la existencia de “la mujer”, defendida todavía por autoras como Cixous, Kristeva, Irigaray. Para Wittig:


La promoción de La Mujer como categoría emancipadora que produce modelos de identidad y colectiviza a las mujeres como únicos sujetos de la política sexual tiene efectos asimismo coercitivos y normativos [...] en un feminismo excesivamente unitario en sus fundamentos y en sus objetivos. (op. cit., )


En lugar de remitir el ‘sexo’ a nociones naturales, biológicas, o basadas en una diferencia ontológica, un sexo que estaría ‘ya ahí’ como un dato previo, el sexo es una categoría simbólica producida por el sistema que funda la sociedad como heteronormativa. En este sentido, para ver hasta qué punto el lenguaje científico, supuestamente objetivo, está lleno de significantes ideológicos, basta pensar en aquello que caracteriza a nivel cromosómico-genético al macho y a la hembra: presencia de XY y de XX respectivamente. Aparte de ser la escritura que suele utilizarse en matemáticas para las incógnitas o las variables del argumento o funcionales de una función, se habla para el cromosoma Y de gen maestro, indicando que la feminidad debe concebirse como la presencia o la ausencia de masculinidad, o, en el mejor de los casos, la presencia de una pasividad que, en los hombres, permanentemente sería activa. Esto se afirma dentro de un contexto de investigación en el que nunca se han valorado suficientemente las contribuciones ováricas activas para la diferenciación sexual. ¿Cuál es la conclusión? No es que no puedan hacerse afirmaciones válidas y demostrativas acerca de la determinación sexual, sino más bien que las suposiciones sexuales respecto dela situación relativa de hombres y mujeres –y la misma relación binaria de género- encuadran, condicionan y centran la investigación de la determinación sexual.

En 1975 la antropóloga lesbiana Gayle Rubin publica un texto provocador: “El tráfico en las mujeres. Notas sobre la economía política del sexo”20, donde por primera vez se elabora la noción de “sistema sexo/género” para analizar el proceso de fabricación de la heterosexualidad. Rubin analiza cómo se impone una forma de sexualidad “normal” sancionada positivamente y que se manifiesta en su expresión como heterosexualidad, pareja, fidelidad, etc. y cómo esto opera como censura al servicio de la represión de la sexualidad real y de su exclusión como “mala sexualidad” o sexualidad anormal o patológica. Así Rubin incorpora una visión nueva en el análisis de las prácticas sexuales. En lugar de interpretarlas en los términos psicológicos diferenciales o psicoanalíticos como perversiones va a analizar estas prácticas en sus respectivos contextos históricos y culturales y en su significación para la vida sexual del sujeto de las mismas. En 1984 publica otro importante artículo: “Reflexionando sobre el sexo: notas para una teoría radical de la sexualidad”21, donde en un cuadro que se ha hecho famoso, opone un sexo “bueno” a un sexo “malo”, separados por una frontera. El sexo bueno, es el que es calificado como sano, normal, natural, saludable, legal, políticamente correcto, sagrado, vinculado a la pareja heterosexual, en matrimonio monógamo reproductivo, doméstico. El sexo malo: patológico, anormal, antinatural, perjudicial, pecaminoso, perverso, extravagante, ilegal, punible, políticamente incorrecto, y en el se pueden colocar los travestidos, transexuales, fetichistas, sadomasoquistas, trabajadores del sexo por dinero, intergeneracional, zoófilo. Entre ambos una frontera laxa donde se colocarían: parejas heterosexuales no casadas o heterosexuales promiscuos, parejas estables de gays o lesbianas, relaciones masturbatorias.

Otra autora neofeminista importante será la periodista y poeta Adrienne Rich quien publica “Heterosexualidad obligatoria y existencia lesbiana”22 donde denuncia la posición de privilegio que supone la heterosexualidad, calificada como destino universal natural, y que oculta las diferencias en las formas de vivir la propia sexualidad que reivindica y que conviene analizar intrínsecamente en cuanto a la satisfacción que proporcionan al sujeto de las mismas.

Teresa de Lauretis23 en 1991 usa por primera vez el nombre de teoría queer, para describir sus objetivos principales, entre los cuales:


[...] articular los términos gracias a los cuales las sexualidades gays y lesbianas pueden ser comprendidas e imaginadas como formas de resistencia a la homogeneización cultural, oponiéndose al discurso dominante por medio de otras disposiciones del sujeto cultural.


Esta autora trabajará a partir de un cuestionamiento de los sexos, los géneros y las sexualidades como algo universalizable, estable y homogéneo, y de un análisis de las consecuencias psicológicas, sociales y políticas de la heterosexualidad concebida como lo normal y lo obligado en una persona sana y de los procesos de exclusión de las sexualidades reales o minoritarias.

Una de las principales teóricas neofeministas es Judith Butler24 que recientemente dio un seminario en Barcelona con una asistencia masiva que hace eco a mi entender a la problemática real del sexo en que se encuentran los sujetos. Butler nos interesa especialmente, porque funda buena parte de su trabajo teórico en una reelaboración de la filosofía post-estructuralista francesa, especialmente de aquellos pensadores más críticos con la idea de una identidad estable del sujeto y con el discurso metafísico de la esencia natural, así Foucault y su Historia de la sexualidad, J. Derrida del que tomará la deconstrucción para desarrollar su análisis del género como preformativo y la ausencia de un original en la masculinidad y la feminidad. La aportación de Lacan a la crítica del Yo y del sujeto cartesiano y el cuestionamiento de la relación sexual como imposibilidad lógica. Asimismo Deleuze le será útil para describir la resistencia de los cuerpos a devenir “normales”.

En uno de sus primeros libros, El género en disputa, critica la idea del feminismo tradicional que toma la idea de “la mujer” como fundamento, cuando esta categoría no traduce ninguna unidad natural sino que es una ficción reguladora, a través de la cual se reproducen relaciones normativas entre sexo, género y deseo que naturalizan la heterosexualidad. Butler denuncia los peligros de un feminismo esencialista, así como las limitaciones de la oposición heterosexual/homosexual, crítica que se verá apoyada por otra de las principales teóricas queer y exponente de este neofeminismo al que me refiero: Eve K. Sedgwick y su obra Epistemología del armario25. Otra neofeminista de referencia Beatriz Preciado y su Manifiesto contrasexual26.


Feminismo y psicoanálisis


La relación entre feminismo y psicoanálisis suele ser una relación tensa. La tematización freudiana de la feminidad, si bien tiene una complejidad cuya comprensión requiere las claves de un análisis, puede asimismo alienarse en algunos aspectos muy significativos con la misoginia romántica de Schopenhauer, y en el mismo concepto pueden encuadrarse desde este punto de vista otros filósofos como Hegel y Kierkegaard. La misoginia romántica puede considerarse como un fenómeno reactivo a las virtualidades emancipatorias de las abstracciones ilustradas para las mujeres, tal como se pusieron de manifiesto en la Revolución francesa.

“¿Qué quiere una mujer?” pregunta Freud, primero habría que decirle: ¿existe la clase: mujer? Segundo ¿qué quiere una mujer? Déjela hablar y escúchela. Habla del enigma de la naturaleza de la feminidad... como si hubiera una naturaleza femenina no cultural? Sería como si uno se preguntara, hay quienes lo hacen qué quiere un argentino o qué quiere un catalán? O se dice quiero una mujer-mujer? Pero como una mujer real y singular no responde a la categoría de “La mujer”, entonces una mujer aparece como un enigma, y de ahí a la mistificación a la que el narcisismo de algunas mujeres se presta sin duda. En la medida en qué quiere una mujer o qué es una mujer es la pregunta, esa mujer concreta no puede enunciar la pregunta, hacerse sujeto de la enunciación de la misma, y ella naturalmente no lo sabe.

El neofeminismo, a pesar de su interés, redunda respecto del psicoanálisis contemporáneo en varios problemas que no resuelve:


1) Una teoría del sujeto que confunde a ese sujeto con el yo, cayendo así en una ambigüedad respecto al voluntarismo de ese sujeto, a su capacidad de elección y de ir más allá de un determinismo que no domina.

2) Una teoría del falo que lo confunde con el pene, y no en el significante del deseo y todo lo que este comporta: castración, Edipo, función paterna independiente del género. Se trata de una lectura mítica y no estructural como nos propone Lacan, más allá del Edipo. El Edipo sería la primera expresión o manifestación de un problema estructural ligado al objeto-sujeto del deseo, el objeto otro de ese objeto-sujeto del deseo, al tercero en discordia y en su función en la tríada, al fantasma de la relación sexual, que niega la imposibilidad mediante el rodeo de la prohibición.

Desarrollemos un poco esta idea: se dice que finalmente se renuncia a la madre como objeto sexual porque pertenece al padre (?), pero esa no nos parece la cuestión: la madre ¡no pertenece al padre! Sino que la mujer al desear al hombre que desea y que no es su hijo, ese hombre actúa o puede actuar como padre, realizar la función paterna, en tanto separa al hijo de la madre (que cae como significante de su deseo: falo, ni lo es, ni lo tiene para ella) y lo socializa en tanto le obliga a reconocer el deseo del otro (la madre en este caso) y a respetarla como no correspondiendo al suyo. El complejo de Edipo traduce a mi entender la falta de civilización que corresponde a tomar al otro sólo como objeto de su propiedad y no como sujeto deseante de otra cosa que él mismo y que eso pueda respetarse. Podemos así hablar de la metáfora del complejo de Edipo, en la que la madre ocupará el lugar del objeto del deseo y el padre el lugar del tercero en discordia que detenta el falo para ese objeto-sujeto de deseo y que hace que el niño pueda ir más allá de la madre en su deseo, es decir, considerar su objeto de deseo a la vez como sujeto de deseo, deseante de otra cosa que él mismo lo que lo obligará a salir de su narcisismo deseante y a tomar en consideración al otro no sólo como objeto, sino como sujeto de deseo cuyo deseo no necesariamente apunta a él como contrapartida.

Esta consideración del deseo del otro más allá del propio deseo del deseo del otro me parece fundamental en toda civilización no detenida en un estadio infantil, narcisista, edípico, pues esto introduce la sociabilidad o el respeto del otro como individuo sobre el cual no cabe propiedad. Si se interpreta el C.E. de una forma amplia, como un nombre para la triangulación del deseo o asociada al deseo. ¿Qué forma toma la triangularidad? ¿Debe presumir la heterosexualidad? ¿Puede comprenderse fuera del intercambio de mujeres (posesión del padre) y de la presuposición del intercambio heterosexual?

3) Una teoría del Otro que lo confunde con otro institucional, el Estado y sus representantes, en una proyección social muy común de lo que es otro estructural, causa del determinismo inconsciente.

4) Una teoría del goce en fin que no tiene en cuenta su dependencia del objeto a causa del deseo.

 

Lógica clásica vs. lógica modificada


El problema, más allá del naturalismo y del biologismo, se vincula al esencialismo inherente a la lógica de clases, que engendra el psicologismo en el abordaje de la diferencia sexual. Veamos.

La lógica que tiene su primera expresión sistemática en Aristóteles y que ha dominado la lógica hasta hoy, aun con el salto que supuso la lógica simbólica o matemática, sistematizada finalmente por Quine, es una formalización de ciertas proposiciones, es decir de una parte del lenguaje. Esa formalización le va a permitir a Lacan escribir la relación sexual. Hay que ver y comprender cómo, y no conviene precipitarse a ontologizarla, como saben yo puedo escribir algo que no tenga su correspondencia en la realidad, es toda la literatura de ficción, si es que toda la literatura no lo es.

Esta lógica descansa en el principio de bivalencia, dos valores que se oponen y se complementan, delimitándose y limitándose mutuamente entre sí formando un todo completo que se confunde con la totalidad. Dos principios que son uno, y que se reflejan en dicotomías como:

Activo-pasivo

Forma-materia

Alma-cuerpo

Potencia-acto

Macho-hembra

Masculino-femenino

Hombre-mujer


que no tienen sentido uno sin el otro. ¿Cómo a partir de ahí se engendra una clase? Mediante un rasgo único, Lacan hablará de rasgo unario que es unificante de la clase, que la genera y la funda como una. Dado un objeto si posee el rasgo pertenece a la clase, si no lo posee no pertenece, esto puede ser reversible y opera como marca de identidad, esto es como modelo o matriz de identificación, dependiente de una categoría simbólica previa que significa lo real en tanto significable.

Pongamos que ese rasgo sea la presencia de pene (∏) o de vagina (V). Tendríamos.

∀xm ∏(x); ∀xm ¬ V(x)


∀xh ¬∏(x); ∀xh V(x)


El Universal (∀) que engendra la clase funda el uno, un predicado juzgado esencial, y no accidental, signo característico, en tanto es el atributo que unifica todos los individuos pertenecientes a una misma clase.

Obsérvese que todavía no hemos elevado ese atributo a la categoría fálica, dicho de otro modo en terminología fregeana: Φ (∏), no necesariamente es verdadero, eso sólo será así si ∃x Φ(∏), condición necesaria, no suficiente para el ejercicio de la función paterna.

Este orden clasificatorio descansa en una ontología, es decir en la confusión de una categoría simbólica aplicada, con una sustancia que hace signo, nombrada. Así se niega la significación y sujeto y predicado hacen uno, el predicado es lo que está por debajo, aquello a lo que de vuelta el predicado da una consistencia.

A partir de lo necesario del para todos [∀x P(x)], se deducen asimismo tres posiciones ontológicas:

Lo contrario de lo necesario que se define como lo imposible, lo que da el valor fálico


x P(x)     ∀¬ P (x)


∏ (x)     ∀x ¬ ∏ (x)


x V (x)     ∀¬ V (x).


Ahí se emplaza la relación sexual con la universal negativa. Es necesario (seguramente no suficiente) que el hombre para serlo tenga un pene (el hombre no es sin tenerlo), e imposible que la mujer para serlo lo tenga (la mujer es sin tenerlo), pero de la misma manera: es necesario que la mujer para serlo tenga una vagina (la mujer no es sin tenerla), e imposible que el hombre para serlo tenga una (el hombre es sin tenerla). Estamos en estos términos en el orden de la privación, como falta simbólica de un órgano real. Entonces hay relación sexual, en el sentido de que, cada uno privado del órgano que el otro sexo tiene y que viene a completarlo para hacer Uno. Entonces el hombre necesita a la mujer y la mujer al hombre pues ambos tienen uno para el otro lo que le falta al uno y al otro, ese es el fantasma que rige la relación.

En esa lógica binaria clásica, tenemos el dominio del principio de bivalencia: existe el hombre y la mujer; principio de identidad: una mujer es una mujer y un hombre es un hombre; principio de no contradicción: uno no puede ser hombre y mujer; principio del tercero excluido: o se es hombre o se es mujer. En estas condiciones ∏ + V = U, forman un todo completo, realizándose el fantasma de completitud fálica con la consiguiente negación de la incompletitud.

La subalterna engendra lo posible: tal individuo particular tiene el estatuto de la universal afirmativa:

Φ (x)

∏ (x)

x V (x)


Esta pasaje del artículo definido del juicio de atribución al indefinido: un, una, implica un juicio de existencia, es decir de lo posible. Tal “hombre” es un verdadero hombre, porque realiza en su sexo aquello en lo cual todo hombre es supuesto deber ser.

La contradictoria, por la proposición particular negativa: existe algo que niega la Universal afirmativa, introduce el orden de lo contingente (es posible que no)


¸ (x)

¬V (x)


El cuadrado clásico de oposiciones de Apuleyo aplicado a la relación sexual supone una completitud del Otro, un universo del discurso que engloba todas las posibilidades, que no deja nada fuera de él mismo, así pues cerrado, y sabemos que eso es lo que no sucede en la lógica del significante abierta a una significación inédita, singular. Obsérvese que ahora no partimos de una totalidad perdida, sino desde el comienzo de una falta, de una incompletitud, que puede negarse o bien retroactivamente proyectando regresivamente una totalidad o un paraíso mítico perdido o una supuesta unión con la madre nirvánica, o bien proyectivamente como promesa o creencia en un futuro paraíso siempre para mañana, ya sea celestial o terrenal. O bien a partir de lo cual hay que engendrar o construir una totalidad, una completitud, es lo que el sujeto busca (la realización de la misma sería el principio del goce), negando en esa búsqueda la falta en cuestión como estructural, es decir no accidental o contingente, aquello con lo que hay que apañárselas.

Lo real sexual requiere otra lógica, otra negación que no se reduzca a la privativa de complementariedad, que es la negación clásica. Será esa otra lógica lo que Lacan trata de introducir con sus formulas de la sexuación. Pero el desarrollo de esa lógica modificada en la que veo dificultades por parte de los propios analistas lacanianos de entrar en ella como tal, es decir sin caer de nuevo en la lógica clásica o sin recurrir a la lógica intuicionista que si bien constituye una aproximación a ella no puede confundirse con ella tendremos que dejarla para otra ocasión.

Muchas gracias por su atención.

1 Cf. E. KANT, Sur la différence de sexes et autres essais, Rivages poche, Paris, 2006.

2 Cf. LACAN, J. (1958): “La psychanalyse vrai et la fausse”, en Autres écrits, Seuil, Paris, 2001, p. 165-174.

3 Cf. R. JAKOBSON (1942-43), Six leçons sur le son et le sens, Ed de Minuit, Paris, 1976.

4 Cf. Écrits, p. 229-236.

5 Véase mi intervención en las Jornadas de Roma (6.05.2006) en general, y más específicamente el punto: “Critica del biologismo y del punto de vista freudiano”, p. 2-4.

6 Véase mi intervención en las Jornadas de Barcelona (24.03.2007), al referirme a la crítica del psicologismo, p. 4-5.

7 Écrits, p. 234.

8 Cf. Simone de BEAUVOIR (1949), Le deuxième sexe, Ed. Gallimard. En castellano, recomendamos la traducción de Alicia Martorell en la edición llamada del cincuentenario de esta obra publicada por Ed. Cátedra, Madrid, 2005, con un interesante prólogo de Teresa Lopez Pardina.

9 LACAN, J. “Radiophonie”, en Autres écrits, p. 437.

10 Cf. LACAN, J., “La ciencia y la verdad”, en Écrits, p. 863.

11 WOLLSTONECRAFT, M. (1792) (1994): Vindicación de los derechos de la mujer, ed. de Isabel Burdiel, Madrid, Cátedra, Feminismos clásicos; otra edición de Marta Lois Gonzalez en Ed. Istmo, 2005.

12

13 POULLAIN DE LA BARRE, F. (1673) (1984): De l’égalité des deux sexes, Fayard, Corpus des oeuvres de philosophie en langue française.

14 POULLAIN DE LA BARRE, F. (1674) (1993): De la educación de las damas, Madrid, Cátedra, Feminismos clásicos.

15 FRIEDAN, B. (1974): La mística de la feminidad, trad. de Carlos R. Dampierre, Madrid, Júcar.

16 MILLET, K. (1995): Política sexual, trad. de A. Mª Bravo García, Madrid, Cátedra.

17 FIRESTONE, S. (1976): Dialéctica del sexo, Barcelona, Kairós.

18 WITTIG, M. (1977): El cuerpo lesbiano, Pre-textos, Valencia.

19 WITTIG, M. (2006): El pensamiento heterosexual y otros ensayos, Trad. de J. Saez y P. Vidarte, Ed. Egales.

20 RUBIN, G. (1975): “El tráfico en las mujeres. Notas sobre la economía política del sexo”, trad. cast. en LAMAS, M. (comp.), El género, la construcción cultural de la diferencia sexual, UNAM, México, 1996, p. 35-96.

21 RUBIN, G.: “Reflexionando sobre el sexo: notas para una teoría radical de la sexualidad”, trad. cast. en VANCE, C. S. (1989): Placer y peligro, Talasa, Madrid, p. 113-190.

22 RICH, A. (2001): “Heterosexualidad obligatoria y existencia lesbiana” (1980) en Sangre, pan y poesía, Icaria, Barcelona, p. 41-86.

23 DE LAURETIS, T. (1991): “Queer theory: Lesbian and Gay Sexualities”, Differences: A Journal of Feminist Cultural Studies 3, 2, pp. Iii-xviii, Indiana University Press, Indianápolis. Véase de esta autora: (1992): Alicia ya no, Cátedra, Madrid; (2000): Diferencias, Horas y Horas, Madrid.

24 Existen numerosas obras traducidas al castellano de esta autora, todas ellas de lectura imprescindible: El género en disputa, Paidós, México, 2001; Cuerpos que importan, Paidós, Barcelona, 2002; Mecanismos psíquicos del poder. Teorías sobre la sujeción, Cátedra, Madrid, 2001; El grito de Antigona, El Roure, Barcelona, 2001; Lenguaje, poder e identidad, Síntesis, Madrid, 2004; Deshacer el género, Paidós, Barcelona, 2006.

25 SEDGWICK, E. K., (1998), Epistemología del armario, La Tempestad, Barcelona.

26 PRECIADO, B. (2001), Manifiesto contra-sexual, Opera Prima, Madrid.