NUEVA LEY, NUEVO REPARTO
Gérard Pommier
En texto de ley sobre las psicoterapias había devenido inevitable:
las asociaciones de psicoterapeutas hacían muchos esfuerzos en ese sentido desde
1990. Los sindicatos de psiquiatras y de psicólogos anhelaban también una
reglamentación, aunque es cierto que en un sentido muy diferente. Finalmente el
Estado estaba igualmente deseoso de reglamentar un sector que, bajo una etiqueta
de salud mental, recubría a menudo actividades sectarias, o en todo caso
propicias a excesos transferenciales. La gran mayoría de las asociaciones
psicoanalíticas no deseaba una reglamentación, y después de haber hecho lo
posible por evitarla, consideraron que su problema principal había devenido ser
consideradas ellas mismas como asociaciones de psicoterapeutas. En efecto, los
institutos de evaluación, como el ANAES, así como diferentes informes
solicitados por el Estado consideraban al psicoanálisis como una psicoterapia
entre otras. No retomaremos aquí el movimiento de balanza que se produjo entre
la Cámara de Diputados y el Senado, pasando de la catástrofe Accoyer al
maquillaje Mattei para, después de un peligroso vals-vacilación en el Senado,
terminar en un texto que salva lo esencial. Este vals-vacilación en el Senado
giró alrededor de definiciones precisas pero sutiles, no siendo la menor entre
ellas aquella entre “psicoterapeutas” y “habilitación para ejercer las
psicoterapias”. Si se hubiera tratado de un título de “psicoterapeuta”, no
habríamos podido escapar a las evaluaciones del ANAES, y a las recomendaciones
de los diferentes informes (Cléry-Melin y otros). Tratándose de la “conducción
de las psicoterapias”, todos estos informes y evaluaciones del ANAES, preparados
con mano larga, devienen caducos de un solo golpe. Quedan únicamente los títulos
de aquellos que están habilitados para la conducción de las psicoterapias, si
así lo quieren, es decir, los médicos, los psicólogos y los psicoanalistas
inscriptos en una institución. Esta última cláusula no concierne más que a un
número ínfimo de psicoanalistas, es decir aquellos que no son ni médicos ni
psicólogos y que desean ejercer otra cosa que el psicoanálisis, es decir
psicoterapias. A través de este desvío, ciertamente retorcido, el psicoanálisis
es así reconocido por la ley en un estatuto de excepción: cosa que es una
primicia mundial.
Este texto, lo hemos dicho, tiene como primera ventaja el distinguir al
psicoanálisis de las psicoterapias. Pero algunos han subrayado que el cuarto
parágrafo comporta una contradicción en relación al tercero. En efecto, la
“formación teórica y práctica en psicopatología” podría indicar que existe la
obligación de un diploma universitario. Sin embargo, no es lo que dice la ley,
que no ha mencionado la universidad, y un decreto de aplicación no podría
sobrepasar el cuadro fijado por el legislador. La capacidad de las asociaciones
psicoanalíticas para dar una formación en psicopatología queda reconocida de
esta manera. No obstante, es cierto que hay que permanecer alerta respecto de
los decretos de aplicación, a propósito de los cuales el ministro declaró que se
tomaría todo el tiempo necesario. En este sentido, las asociaciones que
reflexionan en el “Grupo de contacto” le han hecho saber al ministerio que ellas
solicitaban participar de las consultas. Sea como fuere, la confrontación de
ideas a propósito del psicoanálisis y las psicoterapias durante los meses
transcurridos ha devenido un debate social. Los debates muy vivos que se
mantuvieron durante muchos meses han permitido hacer avanzar considerablemente,
y en especial respecto de los legisladores, distinciones como aquella que hay
entre psicoterapia y psicoanálisis. Esta diferencia por otra parte, era opaca
para la mayor parte de los psicoanalistas mismos. Aparecieron divergencias entre
la mayor parte de las asociaciones psicoanalíticas y una concepción
pre-freudiana de la psicoterapia (que sólo fue sostenida por la E.C.F.). El
“Manifiesto por el psicoanálisis” y el “Frente de rechazo” han mostrado
–ciertamente- buenos sentimientos, ¿pero concernían estos, a los compromisos y
riesgos del momento? La situación del psicoanálisis sale de esto, profundamente
transformada. La responsabilidad y el rol de las asociaciones psicoanalíticas
tienen a pesar de todo un estatuto reconocido, y dependerá únicamente de la
inventiva y de la dinámica de estas asociaciones el que sean capaces de mantener
su autoridad y su relativa posición de excepción. En efecto, y hasta hoy, las
asociaciones psicoanalíticas inspiran un respeto suficiente para que nadie pueda
poner en duda su legitimidad, aunque el título de psicoanalista no esté
protegido. No dejará de ser así más que con la condición de extraer partido de
la nueva situación. A falta de este esfuerzo positivo el legislador corre el
riesgo de intervenir otra vez dentro de algunos años, esta vez en detrimento
nuestro.